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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 165. Pachinko.

 


Quizá si te comentaran que una de las visitas de una ciudad es una estación de autobuses, considerarías que la ciudad tenía poco que ofrecer. O que la estación era una pasada. Oasis 21 era una joya de la arquitectura moderna. Acogía un estanque suspendido, tiendas y el centro de información turística. Cerca estaba la torre de telecomunicaciones que sobresalía en el tejido urbano.

Habíamos entrado por curiosidad en algún establecimiento de Pachinko, lo que llamaban el pinball vertical o las máquinas tragaperras. El Pachinko, fue inventado en Nagoya.

Los locales eran una orgía de luces hirientes y estridentes sonidos. Los solitarios acudían a estos lugares, cambiaban dinero por fichas y se sentaban ante una máquina durante horas. No llegamos a entender cómo funcionaban.



La anécdota la protagonizó Arturo. Le retamos a que investigara el funcionamiento. Se sentó ante una de las máquinas, que empezó a parpadear, como si quisiera ligar con él. Fue tanteando con los mandos tocando aquí y allá y en un momento la máquina se puso como loca y empezó a vomitar fichas. Todos los de la sala se giraron. A todo esto, apareció un tío desde los baños con una cara de colgado impresionante y se puso a hablar con Arturo en japonés. Por supuesto, no entendió nada. Sin duda, reivindicaba el premio. Se había ausentado por alguna necesidad perentoria pero la máquina había continuado con las fichas cargadas.

La última zona que visitamos fue el barrio rojo, plagado de clubes y de prostíbulos. Era una réplica de otros barrios donde era evidente la división de roles entre hombres y mujeres. Grupos de hombres penetraban en los locales. Y recordé otra anécdota de un amigo que trabajó varios años para una gran empresa japonesa. Era habitual que la matriz nipona mandara a una delegación a España con el objeto de visitar y revisar la misma. El trabajo era escaso por lo que se interpretaba como un premio, unas vacaciones a quienes no agotaban los días de descanso. Mi amigo se encargaba de pasear a la delegación, mostrarles Madrid, alguna ciudad cercana como Toledo o Segovia. La curiosidad no era que cuando los llevaba a comer se sentaran en estricto orden jerárquico. Cuando los llevaba de putas (con perdón), el jefe de la delegación elegía el primero…y luego elegía para cada uno de sus subordinados. Sorprendente, desde luego.

Por Sakura-Dori, apagada y solitaria, regresamos al hotel.

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