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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 159. Oda Nobunaga

 


Oda Nobunaga fue un terrateniente de Owari, cerca de la actual Nagoya, un pequeño feudo estratégicamente ubicado entre la capital Kioto y Kanto, la llanura más extensa de Japón, donde se asentaba Edo, el actual Tokio. Nobunaga fue el iniciador de la unificación de Japón, que a mediados del siglo XVI era un territorio asolado por la guerra entre los señores feudales. Su irrupción podría calificarse de involuntaria, según destacaba Spate:

"En 1.560, Imagawa de Suruga, un magnate mucho más poderoso que Nobunaga, señor de tres provincias entre Owari y Kanto, avanzaba sobre Kioto a través del territorio de Nobunaga. Contaba con 25.000 hombres, Owari sólo llegaba a los 3.000: Imagawa no lo consideraba un problema. Nobunaga lo sorprendió, lo derrotó y lo mató. Luego, mediante una hábil combinación de intriga política y guerra consolidó un poder que le permitió entrar en el propio Kioto en 1.586, nominalmente para apoyar a un aspirante al shogunato, a quien él mismo instaló formalmente en esa dignidad, sólo para deponerlo cinco años más tarde".[1]

Su dominación fue discutida y generó ríos de sangre, incluso entre los monasterios budistas, que unieron sus grandes ejércitos a los de sus enemigos. Impuso su ley a costa de grandes matanzas:

"En el momento de su asesinato en 1.582-continuaba Spate-, controlaba, directamente o a través de sus vasallos, 32 de las más de 60 provincias, todas ellas situadas en un cinturón que se extendía desde las fronteras de Kanto hasta las orillas del norte del Mar Interior, el verdadero centro de Japón".

No sólo hubo guerra y destrucción. Su idea iba más allá y sabía que para controlar su posición eran necesarias reformas, como la abolición de las barreras aduaneras interiores, por lo que debilitó el control del comercio interno por parte de los gremios de mercaderes y favoreció los mercados libres como centros de servicios para sus propios castillos y vasallos.

“Pese a todo eso, Nobunaga fue superado por sus sucesores Toyotomi Hideyashi y Matsudaira Motoyasu, este último más conocido como Ieyasu, el primer shogun de Tokugawa. En ocasiones no podían ser más crueles y despiadados, pero estaban más preparados para utilizar la conciliación y la diplomacia. Los tres se retratan por su reacción ante el pájaro tradicional enjaulado que no quiere cantar: Nobunaga, le retuerce el cuello; Hideyoshi, le obliga a cantar; Ieyasu, espera a que cante".



[1] Las referencias, tanto ésta como las  siguientes proceden de El lago español, de O.H.K. Spate

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