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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 127. Sanjusangendo II

 

Portada del libro editado por el templo

Permanecí en silencio observando el ejército de estatuas. Respiré hondo. Me sentía turbado. Por una parte, esa imagen me impedía avanzar, me ataba al lugar desde donde gozaba de una perspectiva completa. Por otra, no lograba encontrar la tranquilidad. Me pesaba el cuerpo: todo el cansancio del día agarrotaba mis músculos. Me hubiera resultado imposible meditar en esa sala.

En la primera fila, la más cercana a los visitantes, se desplegaban los veintiocho guardianes de Kannon. Su aspecto era de guerreros divinos, de gesto aterrador. Estaban vinculados con divinidades hinduistas como Indra o Shiva. En los extremos, el dios del viento y el del trueno, que tantas veces habíamos visto en las puertas de acceso a los templos. Con ese gesto nadie se atrevería a molestar a la divinidad principal.

A la espalda del ejército silencioso habían instalado un pequeño museo con una exposición a la que le dediqué poco tiempo. Sí me fijé en el techo, a instancias del folleto. La técnica Keshou-Yaneura de vigas de madera entrecruzadas le daba un aspecto de ático.

Aproveché para dar un paseo, observar el templo, me acerqué al jardín y contemplé el gesto que realizaba una chica, como de arquero. Su familia la fotografiaba en esa postura. La razón era que en este templo se celebraba en el mes de enero una famosa competición que reunía a unas dos mil jóvenes que demostraban su habilidad con el arco. Era el Toh-shiya. Las jóvenes se vestían con kimonos y se reconstruía un mundo del pasado.

No pude disfrutar más tiempo de este templo. Tomé un taxi y unos minutos después estaba en Gion, en el templo Kennin-ji.

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