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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 124. El Camino del Filósofo.

 


Por el camino del Filósofo, el viajero se siente acompañado por pensadores que le susurran bajo la sombra de los cerezos que alivia el calor extenuante. El camino lo marca el canal y el silencio. El paso del agua apenas altera la quietud del momento, refresca la mente y la mantiene activa. Son pensamientos sobre moral o sobre el vacío, sobre el mérito que debe prevalecer sobre la alcurnia a la hora de ocupar un puesto público.

Mis pensamientos se dirigieron a esos cerezos. Los imaginé en flor, lo cual no fue complicado al haberlos visto en fotografías. Aplicaba los dictados aprendidos: desde una abstracción hasta una nueva realidad. Para esa imagen real habría que esperar a la primavera.

La iniciación en el rito de floración de los cerezos me bendijo hace algo más de dos décadas. Y fue por una de esas casualidades del destino. En una comida en Madrid, me senté junto a una mujer que había regresado meses atrás de Japón, donde había permanecido un año con una beca. Cómo se inclinó la conversación hacia ese tema no sabría concretarlo.

Me habló de cómo los japoneses esperaban con pasión el momento de la transformación de los jardines como consecuencia de la floración de los cerezos y cómo la línea de floración se publicaba en los periódicos, lo que era claro exponente de su importancia. Las familias aprovechaban esa época para reunirse a comer o merendar bajo un cerezo en flor. Las parejas se demostraban amor en ese escenario. Los amigos charlaban bajo sus ramas encendidas con el color de las flores. Las flores cambiaban el humor de los japoneses.

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