Designed by VeeThemes.com | Rediseñando x Gestquest

El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 149. Las casas tradicionales y el templo Myozenji.



Las casas tradicionales convivían bien con otras más modernas de tejados menos apuntados. Un pequeño estanque, un jardín o un campo de arroz separaban las casas.

Nuestra guía nos había aconsejado visitar algunas casas que había marcado en el plano que nos entregó. Era imposible verlas todas. Sólo algunas estaban abiertas al público. El templo Myozenji combinaba una casa con un santuario. Construida hace unos dos siglos, fue la primera que visité y que daba la pauta de una estructura que se repetía: medía 24 metros de largo y 13 metros de ancho.



Los antiguos edificios no eran cómodos para las nuevas generaciones, leí en un folleto. Algunas se habían reconstruido o reconvertido para compatibilizar la tradición con las comodidades actuales. Ascendí por las cinco plantas. En los pisos intermedios, que se utilizaron en muchos casos para cultivar gusanos de seda (seda que se vendía con gran éxito a la industria textil de Kioto), se acumulaban los aperos de labranza, carros, herramientas y otros utensilios en un pequeño museo etnológico, muy interesante:

Peroles y ollas,

Delicias de mi casa.

Rocío al alba.[1]

Las vigas estaban atadas con cuerdas. No se utilizaban clavos. Asomándose por las ventanas se disfrutaba una magnífica vista sobre el pueblo.

En la planta baja estaba el hogar. Aún palpitaba un pequeño fuego y una tetera.  Una habitación familiar hacía las veces de cuarto de estar. Lo presidía el altar doméstico, el Butsudan. Después quedaban los dormitorios. Una parte de las casas podía utilizarse como almacén.



[1] Haiku de Onitsura.

0 comentarios:

Publicar un comentario