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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés145. Desayuno japonés.

 


El día amaneció dominado por el diluvio. Los dioses del viento y del trueno que protegían las entradas a templos y santuarios se habían arrojado sobre la montaña quebrando el cielo. Entre rayos, las calles quedaban inundadas. Los guardianes de las divinidades parecían dispuestos a impedir cualquier movimiento.

Seguro que mi bisabuelo no se hubiera amilanado por el mal tiempo. Tampoco Hervé Joncourt. Aunque las sábanas se pegaban amorosas a nuestro cuerpo había que romper la tendencia y saltar de la cama.

Arturo y yo bajamos a recoger nuestro premio en forma de desayuno vestidos con nuestros kimonos. Armonizábamos con el comedor, decorado con pinturas tradicionales y con las personas del servicio, una joven y otra algo más mayor, ambas en kimono, que estaban pendientes de nuestras necesidades.

"Se ha dicho que la cocina japonesa no se come sino que se mira-escribió Tanizaki-; en un caso así me atrevería a añadir: se mira, ¡pero además se piensa!"[1]

Sentados ante nuestros hermosos desayunos japoneses nos entregamos al goce de la vista previo al del paladar.

"Si la cocina japonesa se sirve en un lugar demasiado iluminado, en una vajilla predominantemente blanca, pierde la mitad de su atractivo"-apostillaba el escritor.

La iluminación era la habitual en un comedor, viva, quizá inadecuada para un oriental pero normal para un occidental con kimono. Ninguno de los pequeños platillos era blanco. Predominaban los colores oscuros.

Para la sopa de miso, imprescindible en cualquier desayuno a la japonesa, cenagosa y color arcilla, se aconsejaba la luz difusa de las velas. La observamos "estancada en el fondo del cuenco de laca negra" y buscamos la "profundidad real y un tono de lo más apetitoso". Era un sabor ajeno a nuestro paladar aunque nos gustó al paladearla, quizá por esas instrucciones adicionales.

"No hay ningún japonés-nuevamente nos hablaba Tanizaki-que al ver ese arroz inmaculado, cocido en su punto, amontonado en una caja negra, que en cuanto se levanta la tapa-como así hicimos-emite un cálido vapor y en el que cada grano brilla como una perla, no capte su insustituible generosidad".

Observando el trozo de blanco tofu alcanzamos nuevamente el éxtasis, aunque nunca ha sido un alimento que me haya emocionado. Pero la combinación de colores me dio otra percepción. Cuando utilicé los palillos para ir comiendo tuve la sensación de que destruía una obra de arte. "La obra maestra está en nosotros y nosotros estamos en la obra maestra". Me supo a gloria aquel desayuno místico a base de minúsculas delicias. Pese a despertarnos a las 6.30 entramos en el mundo consciente rápidamente.



[1] Los textos de tanizaki que se reseñan pertenecen a El elogio de la sombra. Editorial Siruela.

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