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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 138. El camino de Higashiyama.

 


El dulce aroma,

¿de qué flores vendrá?

Bosque estival.

Después de la comida ascendimos por una pendiente hasta el parque Shiroyama, el bosque estival del haiku de Taigui. La humedad del bosque y su umbría atenuaban el calor reinante. El frescor se unía al aroma a tierra mojada.

El bosque preservaba el interior de la montaña de las miradas indiscretas. El sendero ayudaba a la introspección, la meditación, a huir del mundo moderno y ajetreado. El tiempo se había parado bajo las frondosas copas de los pinos. Como escribió Kobayashi Issa:

Un gran sosiego

camino solo, y solo

me regocijo.

Después de las masas de turistas en Kioto se agradecía la soledad de la montaña y la especial relación con el bosque.

En lo alto de la montaña estuvo un castillo que fue desmantelado cuando perdió su uso. Nos planteamos seguir hasta sus ruinas, pero la tarde se echaba encima y no era ése el camino más adecuado para la senda de Higashiyama.

La luz se volvía difusa por el esplendor del bosque. Nada se veía con claridad. Se intuían los templos, que iban revelando sus detalles casi con suspense. Los fragmentos superaban las sombras y aportaban pinceladas que nuestra mente tenía que completar.

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