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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 136. Del ryokan al templo Hida Kokubunji.

 


Toda persona que visita Japón debería hospedarse al menos una vez en uno de los establecimientos tradicionales denominados ryokanes. Oyado Koto no Yume conseguía que el cliente estuviera cerca de la felicidad en su estancia.

En la entrada se hicieron cargo de nuestras maletas. Aún no estaban preparadas nuestras habitaciones con lo que nos marchamos a recorrer el pueblo. Nos fuimos al barrio antiguo, San-Machi Suji.

Caminamos por calles modernas con soportales, lo que nos recordaba que la lluvia y la nieve eran protagonistas durante bastante tiempo del año.

Entramos en el templo Hida Kokubunji, construido en el año 746 por el emperador Shomu por la paz y la prosperidad del país, aunque el edificio principal era del siglo XVI. Nos sorprendieron esas fechas ya que nos habíamos hecho una idea diferente, como si su aislamiento le hubiera mantenido al margen de la historia. La pagoda de tres pisos había sido reconstruida en el año 821. Paseamos entre los santuarios secundarios, la torre de la campana y los pequeños conjuntos funerarios.



El enorme gingko del templo se asociaba con un cuento popular. El emperador había nombrado a los mejores arquitectos para que construyeran una pagoda que tendría siete pisos. Cuando los carpinteros empezaron a cortar la madera para el pilar central se dieron cuenta de que el tronco elegido no era suficientemente alto. El arquitecto cambió de color, lo que fue percibido por su hija Yaegiku. Cuando su padre le contó la causa de su congoja ella le dijo que si el tronco no era suficientemente alto para el pilar central al menos podría ser decorativo y sustituirlo por una estructura. Así lo hizo el arquitecto. La gente que contemplaba la torre admiraba el trabajo, lo que causó alegría en el arquitecto aunque, con el tiempo, temió que se pudiera descubrir que la idea era de su hija. Por ello, una noche, el arquitecto la mató, la enterró en el terreno del templo y plantó un gingko sobre la sepultura para ocultarla. En uno de los huecos del tronco observé una figura de piedra ataviada con una capucha y un pañuelo sobre los hombros. Sin duda, la imagen de la inteligente e infortunada niña.

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