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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 135. Hacia las montañas del norte IV

 

Foto de José Ramón Couso.

La montaña que se perfilaba en el horizonte se apropió de nuestros sentidos. El paisaje cambió ostensiblemente. Era sublime.

Parecía un paisaje idealizado extraído de la pintura tradicional japonesa que habíamos admirado en los paneles de los tabiques de madera o en los biombos. Quizá se inspiraron en esta estampa agreste.

El tren se infiltraba entre montañas de denso bosque. El río, vigoroso, discurría a nuestra derecha y había tallado un barranco de piedra.

Era un lugar para ermitaños, para retirarse a meditar en compañía de la naturaleza, para comulgar con el entorno natural, con un ritmo plácido que se ajustaría al dictado de las estaciones.

Los túneles habían hecho posible el acceso a ese ámbito. O, para otros, habían roto el feliz aislamiento que había preservado ese mundo durante siglos. Para quienes había significado progreso y mejora de sus condiciones de vida fue una bendición. No era fácil la vida en este entorno de crudos inviernos. El progreso no había traído grandes masas de gente. Los grupos de casas eran pequeños.

Los bosques habían aportado madera para las construcciones de Kioto y otras ciudades. Las talas en el siglo XVIII habían puesto en peligro la zona. Se limitaron, se reforestaron los terrenos y volvieron a mostrar el aspecto primitivo. Japón se marchó a otros países en busca de esa madera.

Se sucedían puentes de hierro rojos, luego otra serie de azules, después otra verde. Más adelante, se mezclaban los colores. El río los cruzaba por debajo a toda velocidad. Nosotros seguíamos encajados entre esas quebradas.

Pasamos Shirakawaguchi, Hida-Kanayama, St Gero. Se abrió el valle, un valle más poblado.

Tras algo más de cuatro horas de viaje llegamos a la estación de Takayama. Muy cerca estaba nuestro ryokan. El primer paso para impregnarse de la vida tradicional japonesa.

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