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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 129. Kennin-ji y el Jardín del sonido de la marea.

 


El jardín del sonido de la marea, Cho-on-tei, acogía tres rocas de cierto tamaño que representaban a buda y a dos monjes zen meditando en un mar de verdor y a la sombra de los árboles. Su sencillez era absoluta y quizá ello permitía una mejor concentración. Las galerías abiertas ponían la sensación de espacio.

Dos jóvenes guapas y estilosas se ofrecieron a fotografiarme y a que las fotografiara con sus amplias sonrisas. Los japoneses no ofrecían reticencias a que les fotografiáramos. Para ellos era casi un homenaje.



En la parte exterior, un pequeño pabellón invitaba a visitarlo por el sencillo camino de piedrecitas blancas rastrilladas con una geometría exacta. Desde él pasé a otro jardín de rocas que seguía el diseño del círculo, el triángulo y el cuadrado de los trabajos caligráficos de Senagi Gibon. Se consideraba que todas las cosas del universo estaban representadas en una de estas tres figuras. Seguía un esquema similar al de Ryoanji. Me senté a jugar mentalmente con las figuras, relajé mis pensamientos, abrí los ojos y dejé la vista vagar sin un objetivo concreto.

Un mar donde las ondulaciones geométricas simulaban las olas acogía varias islas cercanas al muro. Dejé la mente sobre ese mar en calma, sobre las rocas enhiestas, la vacié de pensamientos. Buscaba inútilmente una explicación a esas formas. Mis compañeros en la plataforma de madera se mostraban más relajados.



Crucé al otro edificio, el Hatto, el principal, de dos pisos con los acostumbrados tejados de esquinas dobladas hacia el cielo. En el interior estaba la dorada figura de buda. En el techo, dos dragones entrelazados, de una imaginación sorprendente. El altar era sencillo y solemne, por lo que me entretuve más con las travesuras de los dragones, uno con la boca abierta y otro algo compungido. ¡Qué habrían hecho en la soledad del santuario!

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