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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 102. Miyajima IV

 


Sin embargo, esa paz había sido violada por los recuerdos militares, como nuevamente apuntaba Blasco Ibáñez: “en el interior de este edificio dedicado a la paz se tropieza inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí sus cucharas como un homenaje a la divinidad. En las paredes hay pinturas algo primitivas, representando las principales batallas navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos". No contemplamos nada de ello ni encontramos otras referencias. Quizá tras la Segunda Guerra Mundial esos símbolos habían sido desterrados y eran sólo una referencia del pasado.

No pudimos subir a lo alto del monte por el teleférico pero pudimos caminar por el entorno que integraba santuario y naturaleza. A cada lugar donde dirigir la vista comprobamos que uno y otro se complementaban en una perfecta simbiosis.



Y como ocurre con los lugares maravillosos, abandonar el santuario de Itsukushima casi nos costó las lágrimas. Por una calle repleta de tiendas regresamos al muelle y realizamos el trayecto en sentido inverso. En ese breve viaje recordé un haiku de Sogi:

Cae la luna

Y es rauda la marea:

Mar de verano.

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