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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 92. Una zona de diversión: Pantocho.

 


Tras un descanso en el hotel nos acercamos a Pantocho, una estrecha calle paralela al río. Se sucedían los bares y los restaurantes caros con terraza al río. Era también la zona homosexual de Kioto, aunque no se evidenciaba mucho. Brillaban los rótulos y los faroles de papel.

Las antiguas casas habían sobrevivido al transformarse en locales de ocio. Junto a los muros de madera descansaban botellas de champán como una incitación a la diversión. Los callejones laterales se infiltraban en la oscuridad. El calzado de los clientes esperaba en la entrada.

Entramos en un pequeño local y pedimos unos whiskies y unos sakes. Era una tachinomiya, una barra de estilo japonés donde tomabas una copa y algo de picar. Pronto hicimos amistad con nuestros vecinos, que llevaban un pedo increíble. No nos entendíamos muy bien pero a base de risas nos comunicamos lo suficiente. Suntory nos hizo pasar un momento divertido. Los camareros eran abiertamente gays.



A la hora de pagar nos cobraron un cover que implicaba una estancia máxima, por lo que recordé una anécdota bastante graciosa que me había contado un empresario español hace más de dos décadas.

Entre una y otra reunión de su apretado programa quedaban unas horas. Como no sabía muy bien qué hacer, buscó un bar, se sentó en una mesa y pidió un whisky. Unos minutos después, rompió su monotonía un fulano que entró con cierta prisa, pidió un whisky, lo terminó casi de un trago, pidió un segundo, del que dio cuenta casi tan rápido como el primero, pidió el tercero, lo engulló y se fue.

La escena se repitió con otra persona unos minutos después con un ritual parecido: varias copas en poco tiempo.

El que me contaba la anécdota debió quedar extrañado ante ese comportamiento. Pensó que los japoneses eran bebedores compulsivos. Que tomar copas con el jefe era parte del contrato laboral al terminar el horario oficial.

La respuesta a sus disquisiciones la encontró horas después al pedir la cuenta. Esta era exagerada. Con su mejor inglés, pidió explicaciones y éstas fueron sencillas: se cobraba el tiempo de permanencia. Aunque él había consumido sólo un whisky, había ocupado la mesa durante mucho tiempo. El problema del espacio parecía mucho más agudo de lo que había pensado.

Esa noche cenamos en un coreano.

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