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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 91. Teramachi y la zona de los artesanos.

 


Para concluir la tarde nos acercamos a la calle Teramachi, que habíamos atravesado hacia el palacio imperial. Era una de esas calles tranquilas y de elegantes y buenos comercios. Regresamos a una tienda que ofrecía libros, estampas, litografías, libros de cuentas o lo que parecían comics de época antigua, textos con ilustraciones. No alcanzaba a ser una librería de libros antiguos, aunque ofrecían algunos bien conservados. Quizá en otro tiempo fue una imprenta. Varios rollos estaban desplegados en las paredes y competían con pinturas clásicas.

El dueño era un señor mayor que se comunicaba con nosotros de la mejor forma posible y que intervino poco en nuestras decisiones. Le acompañaba el que quizá fuera su nieto y heredero del negocio, Koji. Fue ofreciendo magníficos ejemplos de caligrafía japonesa, realmente exquisitos. Atesoraba obras magníficas a unos precios fuera de nuestro alcance. Sin embargo, todos encontramos un recuerdo para colgar en los muros de casa o para regalar a amigos o a la familia.




Casi enfrente se desplegaba otra tienda de objetos variados. Calificarlo de anticuario era también excesivo. Por toda la tienda pululaban objetos de los más variados usos, desde ábacos hasta teteras de porcelana, máscaras, cuencos, cajas de laca, figuritas y pequeños detalles. Arturo unió a su colección un nuevo ábaco y yo una pequeña tetera.

Parecía que sería imposible avanzar: nos metíamos en todas las tiendas.

Saltamos hasta la galería cubierta cercana al hotel y compramos té en Lupicia, una tienda especializada en este producto. El flujo de compradores ya había descendido.

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