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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 118. Fushimi Inari, el camino procesional en rojo.

 


De regreso, en las afueras de Kioto, aún quedaba una sorpresa: el santuario Fushimi Inari.

Tomamos el tren local, el que paraba en todas las estaciones. Fuimos acompañados por una pareja de recién casados españoles con los que charlamos durante el trayecto. Aprovechamos también para descansar. La tarde progresaba demasiado rápido y temíamos que la noche entrara antes de visitar el templo. Sin embargo, la penumbra fue uno de los atractivos que nos acompañó.

Los espíritus nos dieron la bienvenida al otro lado del primer torii. No los veíamos pero los notábamos en el ambiente. Al entrar en terreno sagrado se percibía algo especial.



La primera explanada, casi al salir de la estación, estaba iluminada por un bonito sol de la tarde, cálido, suave. Al chocar contra el rojo bermellón que dominaba el santuario sintoísta resaltaba las formas de la madera, de los salones, de las estructuras, de las lámparas.

Fushimi Inari-Taisha estaba dedicado a la diosa Inari, diosa de la fertilidad, la agricultura, el arroz, los zorros, la industria y el éxito. Sin duda, una divinidad popular entre los nipones que se aprestaban a ganar su simpatía con ofrendas. Comerciantes y artesanos, hombres de negocios o familias le rendían pleitesía para obtener prosperidad.

Las ofrendas se habían materializado en un millón trescientos mil toriis que se sucedían en la montaña formando una galería de 4 kilómetros, algo espectacular y con un significado más trascendental que el puramente numérico.


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