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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 115. Nara IX-Naramachi.

 


Comimos en un pequeño restaurante junto al lago Sarusawaike. Realmente era una casa tradicional que había quedado aislada en ese ámbito. Tomamos teishoku, un menú formado por un plato principal acompañado de sopa de miso, arroz blanco, ensalada y verduras encurtidas denominadas tsukemono. “Cuando sostengo un cuenco de sopa-escribió Yunichiro Tanizaki-, nada me resulta más agradable que la sensación de pesadez líquida, de vívida tibieza que experimenta mi palma. Es una impresión análoga a la que produce al tacto la carne elástica de un recién nacido”. Nunca me hubiera imaginado que hubiera tanto en un simple cuenco de sopa. En adelante estuve más atento a sus sensaciones.



Nos entretuvimos durante la comida en observar a la gente que paseaba por las orillas. El lago atraía a varios pintores de avanzada edad que desplegaban sus caballetes para plasmar la pagoda que sobresalía por encima de los árboles. Era un paisaje urbano, hermoso y acogedor, un lugar donde poder dejar la mirada vagar.

Al sur del lago se encontraba un barrio tranquilo de casas bajas tradicionales, pequeñas tiendas de artesanía, restaurantes y acogedores ryokanes. Era el barrio Naramachi.

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