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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 106. Hiroshima IV.

 


Todo el parque era una llamada de atención. Nos gustó que no se utilizara un tono victimista. Lo ocurrido no podía ser cambiado pero sí el futuro, un futuro mejor para las generaciones venideras.

Me sobrecogió especialmente el monumento por la Paz de los Niños. Ante él, supimos de la historia de Sadako Sasaki, una cría de dos años en el momento de la explosión. Enfermó de leucemia diez años después. En el hospital se entretenía haciendo guirnaldas de grullas con el papel de las medicinas. Creía que con ello se curaría. No fue así. Sus compañeros de colegio decidieron construir un monumento en su honor, para lo cual recaudaron fondos. Esas grullas se han inmortalizado en las estatuas.



El cenotafio por las víctimas estaba alineado con la cúpula. Recordaba a los muertos con el mismo mensaje orientado hacia el futuro, mirando hacia adelante: "roguemos para que todas las almas que aquí yacen descansen en paz porque nosotros no repetiremos esta maldad".

Con estos mensajes y las primeras sombras del atardecer paseamos por el parque, en silencio, reflexionando.

Apareció la luna y recordé un haiku de Sokan:

Ah, si a la luna

Se le adosara un mango,

¡qué buen paipay!

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