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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 99. Miyajima y el rumor del oleaje I

 


En el primer planteamiento del viaje dedicábamos dos días a Hiroshima. Posteriormente, nos convencieron de que quizá fuera excesivo. Al final, sustituimos Hiroshima por las montañas pero nos negábamos a renunciar a una ciudad con dos lugares de muy especial significado: el santuario sintoísta de Miyajima y el parque de la Paz. Kioto tuvo que ceder una jornada para acoplarlo todo.

Miyajima estaba a unos 50 kilómetros de Hiroshima. Traducido a tiempo, era media hora de trayecto desde la estación del Shinkansen hasta Miyajimaguchi. En ese trayecto tuvimos conciencia de que Hiroshima estaba emplazada sobre un delta, por lo que atravesamos varios brazos del río por puentes. Hacia el interior, colinas llenas de árboles. Hacia el mar, una hermosa bahía. La isla que la protegía del Mar Interior era nuestro destino. En la línea de costa, se alzaba un barrio de casas de dos alturas, como las que habíamos visto tantas veces al salir de los núcleos verticales de las ciudades. No eran muy interesantes, estaban descoordinadas pero el entorno merecía la pena como residencia o segunda residencia para descansar.

Desde la estación hasta el ferry caminamos unos cientos de metros por un lugar de aspecto turístico. Mientras esperábamos el barco estudiamos la línea más lejana del horizonte a ambos lados, el izquierdo más poblado que el derecho. El cielo era perfecto, de un azul jugoso con algunas nubes que no daban la idea de querer caer en forma de lluvia. La isla era una compacta masa verde de bosque con pequeñas pinceladas de construcciones. Era la Arcadia japonesa, un templo vegetal dedicado a los dioses, como escribiera Blasco Ibáñez en su visita de 1924.

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