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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 97. Himeji V

 


Caminando por pasillos y galerías, por caminos entre altos muros, atravesando puertas que eran trampas mortales, fuimos penetrando en el complejo interior, el ninomaru (según apunté, por la puerta Hishi), el segundo círculo de defensa. El tercero era el hommaru o complejo central. El sistema determinaba que si se abandonaba una posición se replegaban las fuerzas y se seguía combatiendo.

Para confundir al atacante se utilizaba todo tipo de tretas. Por ejemplo, tras la puerta del Agua había una bajada, lo que daba la impresión de que era una ruta de salida en vez de penetración. Puertas bajas y estrechas ralentizaban el paso.



Creo que era la sexta puerta del Agua la que marcaba la entrada a la torre principal. Con nuestra bolsa de plástico, en que nos habían obligado a depositar nuestro calzado, empezamos el ascenso por el interior que, según leímos, estuvo profusamente decorado, lo que convertiría un edificio militar en una residencia nobiliaria al estilo de un chateau francés:

"La estética era un factor muy importante a la hora de construir un castillo, y no sólo para complacer a su dueño, sino también porque "su propósito era impresionar a los enemigos con su elegante interior y asustarlos con su fortaleza"-leímos en la Breve historia de la civilización japonesa. Una forma de impresionar a la gente era con la riqueza de la decoración. Las oscuras salas interiores del castillo eran "suntuosas hasta llegar al absurdo". El castillo de Hideyoshi incluso tenía cerraduras y cerrojos de oro, y columnas y techos revestidos con el metal precioso”, continuaba la Breve historia. “Las pinturas en las paredes, las puertas corredizas y los biombos decoraban y alegraban el interior del castillo. Para satisfacer las necesidades y los gustos nuevos, las pinturas solían ser de gran tamaño y lucían colores llamativos. Se empleaba el pan de oro para crear un fondo liso, con el resultado de que “su irrealidad refuerza el carácter enérgico de los objetos pintados".

En la última planta, un santuario sintoísta en honor de Osakabe-Myojin, la divinidad protectora del castillo, reunía a quienes le presentaban sus respetos.



Las vistas desde lo alto eran impresionantes. Daban una idea de la complejidad del sistema defensivo, se apreciaban los límites de la ciudad y las montañas del horizonte. Evidenciaban torres y patios, muros y pasajes, tejados que brillaban con sus tejas vidriadas. Los remataban unos peces mitológicos con cabeza de dragón, enormes.

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