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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 89. Nijo II

 


El palacio Ninomaru consistía en cinco edificios encadenados en diagonal con galerías cubiertas. Según se avanzaba hacia el interior crecía la solemnidad. La primera estructura era la sala de espera para los visitantes. Al otro lado, en otras estancias que servían de regreso, estaban las alas de los mensajeros imperiales.

No había mobiliario. Sin embargo, la decoración de los muros era exquisita. Aquellas salas reunían unas tres mil pinturas de la escuela Kano que representaban tigres, aves, árboles, flores, paisajes y otros motivos que eran magníficos ejemplos de la pintura de la época Edo. Las había de fondo dorado o en blanco y negro, de tinta. Los originales los trasladaron a una galería específica y se habían sustituido por reproducciones exactas para evitar su deterioro. Esas pinturas daban cuenta del poder y la sofisticación de los gobernantes.



En el segundo edificio estaban las salas de recepciones. Según el rango y la posición del visitante la sala era mayor y más acorde con su categoría. A la espalda estaban las salas de los ministros.

Nos llamó la atención el ruido que hacía el suelo de madera. Era excesivo y encontramos la explicación en las prevenciones de Ieyasu para evitar un asesinato. Quien quisiera traicionarlo tendría muy difícil acercarse sin hacer ruido.

En el tercer pabellón se había escenificado la declaración de soberanía del emperador. Era el pabellón de las Salas Grandes. La escena había sido reproducida con maniquíes de aquellos cuarenta señores de las provincias que acogieron de rodillas la decisión.

A las audiencias más formales se dedicaba el siguiente edificio en nuestro avance. El quinto y más alejado conformaba los aposentos de los shogunes.

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