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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 74. El palacio imperial de Kioto II


El primer muro y foso con los que topamos aún estaban lejos del palacio. Bordeamos por el este y entramos por una abertura en la muralla frente a una iglesia. Más arriba se encontraba la mezquita.
Las sucesivas defensas no hubieran sido suficientes para rechazar el ataque de un disciplinado ejército. Separaban pero no defendían. Nadie se hubiera atrevido a ir contra el emperador ni siquiera en las épocas en que su poder era simbólico y el poder real era ejercido por el shogun, su generalísimo de poder efectivo. Tanto aquel día como el lunes siguiente observamos gente haciendo deporte o paseando, más bien escasa, un coche de policía que patrullaba sin ninguna convicción y unas avenidas amplias que dividían el bosque. Todo perfectamente cuidado.

Dimos algunas vueltas hasta encontrar la entrada, de donde nos mandaron a la Oficina de la Casa Imperial, donde solicitamos el pertinente permiso, otorgado para el lunes a las 10 de la mañana.
El palacio tomaba significado por lo que había sido en la historia de Japón y por ser el lugar donde aún se entronizada a los emperadores. Su actividad oficial era limitada y sólo se alteraba con la visita de algún personaje importante. Nuestra guía nos había advertido de su relativo interés (no se visitaba el interior de los edificios y éstos carecían de muebles) y ya Blasco Ibáñez los comparaba con unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. A pesar de todo, era un privilegio visitarlo.

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