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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 71. Gion y las geishas II


Leyendo a Blasco Ibáñez encontré lo que podría ser la razón de ser de su existencia e, indirectamente, de su declive. En Japón los matrimonios eran concertados por los padres, en muchos casos buscando más su interés familiar que el posible amor que se profesara la pareja. Los matrimonios convivían, la mujer se dedicaba en cuerpo y alma a su marido pero éste no encontraba el amor y la pasión en el marco de su hogar. Por ello, se lanzaba en busca de esa parte de su vida que le faltaba y que encontraba en las geishas. El progresivo abandono de los matrimonios concertados llevaría consigo la desaparición de la necesidad de las visitas a las geishas. Quizá su futuro (y su presente) estuviera en su reconversión como figuras que daban prestigio a una reunión, como animadoras de una fiesta.
Por eso regresé al barrio una segunda vez la última tarde en Kioto. Aún no había entrado la noche y no se habían disuelto los paparazzis de geishas. Cada vez que se abría una puerta se levantaba una expectación excepcional. Después, los rostros se cubrían de decepción y espera.
Abandoné la calle principal y me introduje por las calles secundarias, más estrechas, más silenciosas, más auténticas. Aprecié mejor las fachadas, los amuletos que colgaban de los arquitrabes de las entradas. Me crucé con algunas chicas vestidas con hermosos kimonos y sugestivos obis, los cinturones o fajines que anudaban a su espalda con un vistoso lazo y que eran el elemento principal de la indumentaria. Estaba claro que era un barrio tranquilo y bonito. No me hubiera importado regresar a él en alguna otra ocasión. El conjunto era muy armónico.

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