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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 82. El Templo Dorado IV.



Las rocas, tan apreciadas por chinos y japoneses para sus jardines, aportaban permanencia. Las copas de los árboles perfectamente podadas y redondeadas serían el elemento variable. Como el color oxidado que presentaban ya algunas hojas que en otoño caerían y dejarían desnudas las ramas. El agua fluía en pequeñas ondas efímeras que morían antes de que fuéramos conscientes de su existencia.
Desde el pabellón se dominaba el paraíso. La peculiaridad es que cada piso era de un estilo diferente. El inferior, la Cámara de las aguas de Dharma (Shinden-zukuri), seguía el estilo de las mansiones del período Heián; el segundo, la Torre de las ondas perfectas (Buke-zukuri), el de las casas de los samurái; el tercero, el Cho-on-do, era de estilo zen y albergaba un Amida y veinticinco Bodhisattvas. El pabellón estaba rematado por un ave fénix. A un costado, una pequeña construcción que se utilizaba como embarcadero rompía la simetría. Reinaba la sencillez, como destacaba este párrafo de la Breve historia de la civilización japonesa:
“Aunque los aleros y algunas partes del edificio estaban recubiertas de pan de oro, las superficies lisas de madera natural, los techos de teja del pabellón, las contraventanas de rejilla y las puertas en la segunda planta mantenían la tradición japonesa de la sencillez natural. Por otra parte, las puertas correderas y las ventanas de la planta superior provenían del repertorio clásico de la arquitectura zen china".

Nos internamos hacia el bosque. La espesura ascendía por la montaña. Una casa de té recibía el nombre de Lugar de la belleza de la tarde por ser el lugar más privilegiado para retener la esencia del atardecer.
Otro estanque se abría entre los árboles. Sobre una isla, una delicada imagen. El lago superior, An-min-taku, era más recóndito, más íntimo, más misterioso. Las ramas casi cubrían su rostro de agua.
El templo original ardió en 1950. Le prendió fuego un monje trastornado. Ese es el argumento que trasladó Yukio Mishima a su novela El pabellón dorado.
Antes de salir visitamos el salón principal del templo, el Fudo-do con la imagen de Fudo-myo-o.

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