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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 83. La grandeza de los pequeños actos de la vida. El té.



El té era algo más que una bebida en Japón. Incluso, que una medicina, como fue originariamente. En torno al té giraba una filosofía, un ritual, algo que daba sentido a la vida, una auténtica religión vinculada con la estética. Como dijera Okakura Kakuzo: "el té llega a ser entre nosotros nada menos que una idealización de la forma de beber: una religión del arte de la vida".[1]
En jardines y templos habíamos contemplado sencillas casas de té. Nos habíamos asomado a su interior con la curiosidad de quien se asoma a un lugar donde se celebran rituales secretos. Vacíos, sin actividad, no llamaban la atención del visitante. Su sencillez estaba asociada con la secta zen, que había propagado su ceremonia.
"Esta bebida -escribió Okakura Kakuzo- se constituyó en un motivo para el culto de la pureza y el refinamiento, en una función sagrada en la que el huésped y su invitado se unen para realizar en esta ocasión la más alta placidez de la vida mundana".
La cámara del té, denominada sukiya, era también denominada la casa de la fantasía, la casa del vacío o la mansión de la aritmética. Era el asilo a un impulso poético. La cámara carecía de ornamentación y aparecía como inacabada para que los juegos de la imaginación la concluyeran conforme al gusto de cada cual. Era de una pobreza refinada. Inicialmente, fue una parte de un salón limitada por biombos. Para la ceremonia se imponía un máximo de cinco personas, más que las gracias y menos que las musas.
En una antecámara se lavaban y preparaban los utensilios; en un pórtico, esperaban los convidados. Un pasillo unía el pórtico con la cámara. El pasillo respiraba algo simbólico: romper con el mundo exterior. Era como el primer paso a la meditación y la autoiluminación.
Los comensales se deslizaban hacia el interior por una pequeña puerta no más grande que una ventana, como gesto de humildad. Entraban por el orden que hubieran acordado en el pórtico. El maestro entraba el último, cuando reinaba la tranquilidad. Todos acudían vestidos de colores discretos que armonizaran con la luz tamizada.


[1] Okakura Kakuzo, El libro del té. Ediciones Coyoacán, 2000

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