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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 81. El Templo Dorado III.



Posiblemente una de las imágenes más hermosas del viaje fue la del Pabellón de Oro asomado al lago y con el bosque y las montañas de telón de fondo. Aunque esa primera imagen quedaba mediatizada por el jaleo que organizaba la gente enfervorecida intentando hacerse una foto con esa idílica estampa.
Saltado ese primer tapón, y a pocos metros, se disolvía lo suficiente aquel ajetreo como para que pudiéramos disfrutar de lo que representaba la Tierra Pura de Buda en este mundo. El pabellón brillaba como un faro de iluminación que marcaba la senda hacia el nirvana. El océano estaba tranquilo y las islas acrecentaban la perspectiva del paisaje. Asocié la imagen con un haiku de Basho:
Un viejo estanque.
Se zambulle una rana:
ruido del agua.

Me imagino al shogun caminando por las sendas del amplio jardín en silencio, un silencio sólo alterado por una rana que se zambullía en el agua y que generaba un pensamiento que se desarrollaría con cada paso.
Los Ashikaga estuvieron muy vinculados con los monjes zen y con su estética. El monje Muso Soseki convenció al primer shogun de este clan, Takauji, para que creara un sistema nacional de templos zen. Estos monjes potenciaron un nuevo interés por China y fueron los que se beneficiaron de ese comercio. Su estética de lo efímero, de la simplicidad se trasladó a la arquitectura y a las representaciones artísticas. Kenko afirmaba que el carácter perecedero era un componente esencial y un requisito previo necesario para la belleza.

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