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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 86. Ryoanji II.



El jardín era sugestión: "al no decirlo todo-escribió Okakura Kakuzo- el artista deja al espectador ocasión para completar su idea y de este modo una obra maestra retiene irresistiblemente nuestra atención hasta que momentáneamente nos creemos formar parte de ella".
El mensaje podría ser muy evidente, como las islas en el océano o un tigre cruzando el mar con sus cachorros. Podía ser la permanencia o el espíritu silencioso y tranquilo como la superficie de la grava ondulada. El muro de barro que lo limitaba también dibujaba signos en su superficie irregular. Los árboles apenas movían sus ramas.
Recuerdo un pasaje de Kioto, de Watanabe, que reapareció en mi memoria observando el jardín de rocas:
"-Esa conjunción de piedras, ¿será también una abstracción?-dijo Shinichi.
-¿No es todo abstracción en los jardines japoneses? Pero cuando se habla tanto de abstracciones y más abstracciones, como ocurre en el musgo de los cedros del jardín del templo de Daigo, entonces me molesta.
-Puede ser, pero no me negarás que el musgo de los cedros es realmente abstracto. La pagoda de cinco pisos del templo de Daigo ha sido totalmente reconstruida y pronto será consagrada. ¿Quieres que vayamos a verla?"
La simplicidad era abstracción, era un bosquejo que exigía que el observador completara en su mente para configurar su propia realidad, una realidad como una versión por cada observador que realizaba el esfuerzo de meditación que exigía esa obra inspirada pero incompleta. Me encantaba la abstracción.
Aún queda esa imagen en mi mente que busca un significado. Sé que no encontrará un significado concreto.

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