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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 85. Ryoanji, el jardín de arena y rocas.



Un paseo en descenso suave de unos 20 minutos nos condujo hasta otro templo zen con una estructura similar al anterior. Ryoanji también fue una casa de campo, del clan Tokudaiji, y se convirtió también en un templo, en 1450. En 1499 fue destruido en la guerra Onin que puso fin al gobierno Ashikaga.
Por supuesto, fue reconstruido. Los visitantes disfrutábamos de la placidez del Estanque de los patos mandarines, como así fue denominado, y que eran avistados frecuentemente sobre el mismo. Los nenúfares formaban espesas islas vegetales que competían por la atención con las islas artificiales de rocas, una metáfora del archipiélago japonés. Reinaba el verdor que otorgaba intimidad al conjunto.

Este paseo fue muy agradable pero el objeto de la visita se centraba en el jardín de rocas, quince rocas sobre grava rastrillada, muy diferente de los jardines de los nobles.
El jardín quedaba entre el pabellón principal, denominado Kuri, y un muro de barro. No había que precipitarse porque el salón estaba adornado con unos hermosos paneles en tinta, como en blanco y negro. Se había trazado un paralelismo entre el paisajismo pictórico y el diseño de los jardines. Unos pintores optaban por el color y el detalle, lo que nos llevaría a jardines tradicionales, como los que habíamos visto y veríamos. Otros optaban por una representación más sencilla, monocroma, en tinta. Con ella se vincularían estos sencillos jardines donde la grava rastrillada representaba el océano y las rocas las islas.
Desde la galería del salón no había un lugar desde el que fueran contempladas las quince rocas, una singularidad de su diseño. Había que vaciar la mente, meditar y buscar la interpretación propia, el propósito del jardín, al que se vinculaba con las ideas de la ceremonia del té que durante el periodo Muromachi influyeron en la arquitectura. El jardín era simplicidad y esa simplicidad otorgaba una libertad de interpretación inmensa.
Observando aquel sencillo jardín recordé un poema de Soseki:
He arrojado esa cosa minúscula
que llaman yo
y me he convertido en el mundo inmenso.
Porque aquel universo encuadrado por la tapia de barro era fruto de una renuncia a todo lo que no fuera esencial.

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