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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 79. Kinkakuji, el Templo Dorado.



En Kioto corres el peligro de sumar templos. Hay tantos que puedes concatenarlos sin orden alguno y terminar una jornada, o varias, sin recordar qué has visto y qué significado brindaba cada lugar. Porque cada templo goza de su historia y su leyenda, su divinidad, su arquitectura y decoración, su torre de la campana o su casa de té, sus toriis y un montón de elementos más. Sumados pueden alcanzar un punto de saturación que implique cierto rechazo.
Por eso, es importante elegirlos bien, interesarse por sus datos básicos, estructurarlos, buscar su elemento diferenciador, estudiar qué quieren transmitir. Eso ayudará a asimilar mejor su belleza y su significado y dejará un recuerdo indeleble y una sensación de satisfacción que acompañará durante tiempo.
El peligro de una mala selección puede llevar a no apreciar suficientemente lo maravilloso que es Kioto. En esa selección debe estar el Pabellón Dorado.
Kinkaku, el Pabellón de Oro, estaba íntimamente ligado a un personaje, Yoshimitsu, una época, el periodo Muromachi (1.336-1.600) y a la secta zen.
En la historia de Japón se alternaron períodos de reafirmación del poder imperial con otros en que la figura del Shogunato reducía el poder efectivo del emperador a los aspectos religiosos, sin poder político o administrativo, aunque como eje de la legitimación de todo el sistema por su origen divino. Los Ashikaga dominaron el periodo Muromachi, que se inició con la reafirmación del poder imperial en la persona de Kenmú, que devolvió la capital efectiva a Kioto tras casi dos siglos en Kamakura. Fue una victoria efímera pues pronto se impuso el clan Ashikaga y el Shogunato. Yoshimitsu, fue el tercer shogun del clan Ashikaga y gobernó entre 1.368 y 1.394, momento en que abdicó.

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