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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 78. Un pase de modelos.



Las modelos que los exhibían eran guapísimas, un ideal de belleza, caminaban con pasos cortos y etéreos, como si flotaran sobre la pasarela, con movimientos que cautivaban a la concurrencia, que no paraba de hacer fotos.
Nos situamos lo mejor que pudimos y nos empapamos de aquella sucesión de obras de arte. Me concentré en los obis, los fajines anudados a la espalda que son el complemento perfecto. Esa pieza podía tener seis metros de largo y resaltar o difuminar la hermosura de un kimono.
Recordé un par de haikus algo picarones para la época en que fueron escritos y de una inocencia graciosa para nosotros:
¡Ah, qué caliente
la piel de una mujer,
la piel que esconde!

No pude dejar de contemplar a las modelos que entraban y salían y proyecté ese poema de Sute sobre ellas, sobre su piel de nácar, sus ademanes, los movimientos de las manos, ceremoniales, enamorantes.
¡Qué frescor da
cuando no llega el moño
al cuello del kimono!
Un centímetro de cuello se adivinaba en las mujeres del desfile. ¡Lo que hubiera disfrutado el poeta Sono!
En la antigüedad, era normal que lo único que se viera de una mujer fueran las mangas en donde se superponían los diversos vestidos que la cubrían. Cuando se visitaba a una mujer ésta se ocultaba tras un biombo. Quizá por ello estaban tan magníficamente decorados. Incluso en la época Heián, no se podía conocer el nombre de una mujer. Existía el tabú de que si se revelaba podía perder su identidad. Saber el nombre de una mujer significaba la posesión de la misma.

¡Qué maravillosos hombros!:
Como el declive de una orilla, partían sin comienzo preciso y descendían suavemente desde el cabo de la nuca, conformados con tal dignidad y gracia que parecían creados para que la seda se deslizase por ellos antes de caer.[1]
Visitamos los telares antiguos, pasamos revista a los kimonos y obis, espléndidos, y continuamos nuestro camino.
El barrio era tranquilo. Se sucedían las casas bajas de madera, los tiestos con plantas y flores, el paso de las bicicletas, el ritmo pausado.



[1] De El marino que perdió la Gracia del mar, de Yukio MIshima (página 51)

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