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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 77. Nishijin, el barrio de los tejedores.



Kioto se había desarrollado menos que otras ciudades porque una parte importante de su producción seguía siendo artesanal, como ocurría con el sector textil. Era el más importante centro textil de Japón.
Nos encontrábamos cerca del antiguo barrio de tejedores de Nishijin, del que tuve conocimiento por la novela Kioto, de Watanabe. El padre de la protagonista era un comerciante de tejidos que se desplazaba a menudo para hacer encargos en los pequeños talleres de aspecto desolado, como son descritos. Eran pequeños negocios con un par de telares, a veces arrendados, donde trabajaba una familia. Quizá muchos de esos negocios familiares hayan quedado en la literatura y la historia.
Entramos en el edificio de Nishijin Textile Industrial Association. En ese momento se celebraba un desfile de kimonos.
Los modelos que se exhibían eran hermosos, de diseños clásicos de una exquisita elegancia. Seguían la declaración de principios de la casa: “en Nishijin todas las estaciones están representadas. La primavera canta el aroma de las flores. El verano habla de los días que se fueron. El otoño se da el lujo de la simplicidad y la serenidad. El invierno aplica una delicada capa de nieve a los tejados”.

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