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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 60. Odaiba y el paseo de perros.

En uno de esos programas de viajeros por el mundo -no recuerdo el nombre del programa ni el del canal- mostraban una estampa llamativa. Inicialmente, no lo era ya que mostraba un grupo de personas que paseaban perros por un parque, algo que se podía encontrar en muchos lugares del mundo occidental. Lo peculiar era que quienes los paseaban no eran sus dueños ni tampoco empleados contratados para pasearlos.
Las viviendas japonesas, especialmente las de las ciudades, eran demasiado pequeñas para tener perro. Quizá, además, los vecinos podían oponerse a ello. Para aquellos que no querían prescindir de pasear al perro, se ofrecía la posibilidad de alquilarlo.
La idea me pareció magnífica. A quien la puso en marcha le deberían dar el premio al emprendedor más sagaz. A quien le gustaran los perros se le ofrecía el placer de pasearlo eliminando los inconvenientes: sacarlo a mear por la mañana y por la noche, los destrozos en la casa, los lloriqueos porque el animal estaba encerrado en un lugar pequeño...
Los amos de alquiler se volcaban en estas criaturas y les compraban ropa con la que adornarlos. Estaban orgullosos de ellos. Por cierto, esa ropa era bastante cara y en muchos casos extravagante. Algunos los paseaban en carritos similares a los de los bebés.
No sé por qué, me recordaba a tener una querida, con las distancias que había entre una y otra situación, no se me vaya a quejar el colectivo de queridas.
El lugar predilecto para pasear al perro era Odaiba. Y hacia allí nos dirigimos en nuestra última tarde en Tokio.


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