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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 36. NIkko, lugar de sintoístas y budistas.



Cumplimos con el ritual de purificación en la fuente sagrada, Suiban-sha, dejamos atrás la biblioteca de los sutras, pasamos la puerta Yomei-mon, que anunciaba la siguiente plataforma y nos decepcionamos un poco al comprobar que la parte central de la puerta del amanecer, Higurashi-mon, la estructura más importante, estaba en reparación y cubierta de plástico. Sí se podían observar los magníficos paneles de sus alas con representaciones de aves.
La siguiente puerta, la puerta china, Kara-mon, sólo podía ser atravesada en su tiempo por quien tuviera la categoría suficiente para reunirse con el shogun. También fantásticamente decorada, daba acceso a los principales edificios del santuario, rodeados por un muro de 160 metros, el Suki-bei, con hermosas celosías.
Hacia la derecha, uno de los edificios estaba consagrado a la música y la danza sintoístas, el Kagura-den. Junto al Kito-den, daban acceso a otra puerta por la que se ascendía hacia la tumba. La gente paraba ante la pequeña figura tallada de un gato, animal propicio que daba suerte. El bosque era más evidente en el ascenso. Rodeaba las dependencias, las abrigaba, les daba el contrapunto. En el sintoísmo el entorno natural es esencial.


La coexistencia de budistas y sintoístas se evidenciaba en el Hoto, budista, y donde se guardaban los restos del shogun, y el Haiden, sintoísta, que era el lugar destinado a las plegarias. Es curioso que Ieyasu nunca visitó Nikko en vida. La elección de este lugar como última morada se debió a la influencia de Tenkai, abad en aquella época del templo Rinno-ji, que exaltó su sacralidad.
Una mujer rezaba ante un árbol sagrado para buscar fortuna. El culto a los árboles es habitual en el sintoísmo. Se cree que en ellos residen ciertos kami.
En el descenso, Javier me indicó que el dragón que prestó su imagen a una popular marca de cerveza vivía en una de las estancias del templo. Los dragones campaban a sus anchas, se agarraban a los aleros, saludaban en las puertas con sonrisas fogosas, se deslizaban por los techos sin dañar las tejas. Por cualquier lugar pululaban, menos terribles que nuestros dragones de cuentos. Daban más miedo los devas apostados en las puertas.

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