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Yo me quedo en casa 78. Las primeras cañas.



Subí al autobús por primera vez desde el 13 de marzo. Sólo viajábamos cuatro personas cubiertas con nuestras mascarillas. Bajó Príncipe de Vergara a una velocidad impensable hace meses.
Me entretuve observando a la gente en las aceras. Quizás regresaban a sus hogares. La calle estaba iluminada por el fogoso atardecer y por todas esas criaturas en movimiento que animaban la escena. Mi curiosidad era tanta como ante un improvisado espectáculo. Era la novedad en esta primera fase de la desescalada y la inmersión en la nueva normalidad.
La primera etapa era volver a vernos. El lugar elegido era todo un emblema: El Retiro. Habían circulado por el grupo imágenes significativas, lo que había animado a compartir fotos de parques y jardines. Habían estado cerrados y recuperaban el pulso. El espíritu de El Retiro debió de quedarse compungido y pesaroso al verse abandonado. “¿Qué hecho para merecer esto?” quizá se preguntara.
Familias con niños eufóricos, deportistas abnegados, paseantes de todas las edades alternaban el sol con las sombras, se tumbaban sobre el césped, descansaban en los bancos. Destilaban alegría. No escuchaba el habitual rumor del tráfico, sustituido por el trino de los pájaros. Las sendas acariciaban con su frescura. Llevamos ya varios días de calor y se agradecía el verdor que lo compensaba.
Nos reunimos frente a la Casa de Vacas. Fui el primero y me acerqué al lago. Estaba tranquilo. Nadie navegaba por sus aguas. Aquella inquietud me trajo recuerdos de varias etapas de mi vida en poco más de un minuto.
La alegría fue inmensa al irnos encontrando. Amagamos abrazos, darnos dos besos, retener el cuerpo ajeno. Se impuso la prudencia e intercambiamos toques de codo. Nuevas oleadas, nuevos arranques de felicidad. Porque Beatriz, Carmen, Mercedes, Silvia, Yolanda, José Antonio y Juan, presentes en aquel momento, junto con Nines, Tomi y Jorge habían sido los fieles compañeros de confinamiento. Las penurias unen mucho.
La idea era dar un paseo, charlar, contarnos, aunque fuera atropelladamente, todo lo que se quedó en nuestras mentes por culpa de las limitaciones de los medios tecnológicos, a los que damos las gracias. Era imposible, pero por algún sitio debíamos empezar. No teníamos excesiva confianza en encontrar una mesa para ocho en una terraza, un bien tremendamente cotizado desde el lunes. Hubo suerte. Silvia detectó un hueco, preguntó y acertó.
Nos quitamos las mascarillas. Me pareció un gesto simbólico. Habíamos sido prudentes y cumplidores y el premio era vernos las caras al completo. Beber la cerveza con mascarilla debe ser complicado. El brindis selló el encuentro y fuimos conscientes de que empezaba una nueva etapa.
Aunque quedaba mucho por hacer habíamos iniciado el cierre del confinamiento.

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