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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 34. NIkko: Tosho-gu y Gojo-no-to.



El bosque cubría de privacidad templos y tumbas, héroes y dioses. Los árboles centenarios cerraban filas hasta casi impedir el paso de la luz, aquel día más escasa aún por la lluvia.
Nieblas del monte.
Guardas del templo tocan
sus caracolas.
El haiku de Taigui parecía escrito en aquel momento y en aquel lugar. Las nubes se habían encaprichado con la montaña y formaban una niebla densa que acariciaba las copas de los árboles. La niebla se desprendía y provocaba una pertinaz lluvia incómoda y escénica. No sabíamos si dar gracias por su presencia para incrementar la sensación de sacralidad. Como escribió Sogui:
No es que atardezca,
es que la lluvia es noche:
otoño en la ventana.
En Tosho-gu nos recibió un torii poderoso y una primera plataforma. Varias plataformas y varios edificios, con cierta independencia, estructuraban el santuario sintoísta que no había tenido otro remedio que acoplarse a las cuestas de la montaña.

La pagoda roja de cinco pisos que quedaba a la izquierda fue un regalo del primer señor del territorio de Wakasa-Obama, Sakai Tadakatsu, para conmemorar el trigésimo tercer aniversario de la muerte de Ieyasu. Desgraciadamente, fue destruida por el fuego en 1815. Gojo-no-to, que ese era su nombre, fue reconstruida y se respetó su pilar central que constituye el elemento esencial para salvarse de los terremotos. Tanto, que la Tokio Sky Tree utilizó el mismo sistema.
La decoración de la parte interna de los aleros era hermosa y lo más interesante del edificio. Acogía a los doce signos del zodíaco chino, doce animales vivarachos que trotaban entre la naturaleza de madera.

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