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Yo me quedo en casa 76. Reencuentro.


Museo de Artes Decorativas de Madrid.

Ayer quedé a pasear con mi hermana Amparo y mi cuñado José Luis. El grupo se completó con mi cuñada Mercedes y mi hermano Jose.
Amparo y José Luis se fueron de viaje a Japón en febrero. Ya en esas fechas había cierta psicosis sobre el virus (tuvieron que utilizar mascarilla en los vuelos) aunque nada parecido al estallido un mes después con la declaración de la pandemia. A su regreso, mantuvieron una cuarentena voluntaria de dos semanas. Al día siguiente de terminarla declararon el estado de alarma. Han tenido un extra de aislamiento. Durante tres meses hemos hablado por teléfono de forma regular pero no nos habíamos visto físicamente.
Nos habíamos emplazado para cuando pasáramos a fase uno. Todos teníamos prevención o, por llamarlo de forma más adecuada, miedo. Resistíamos con el valor de las palabras y la melancolía de los recuerdos. Los ánimos estaban bajos y había que romper esa dinámica. Un simple paseo podía ser suficiente. Cuando no tienes nada un pequeño regalo es ilusionante.
La crisis empezó siendo sanitaria para abrirse hacia el terreno económico y político. También hacia el sentimental y afectivo. La distancia es el olvido, que decía la canción, aunque se ha acortado por los medios tecnológicos. Los parches de las llamadas o vídeollamadas dan paso al contacto físico, en este caso, codo con codo.
Esta semana estamos dando un paso de gigantes: estamos saliendo del prolongado letargo. Esa marginación impuesta o reforzada por cada uno se va relajando. Las familias vuelven a compartir espacio, las terrazas se ofrecen como lugar de intercambio de sentimientos, las aceras acogen a los paseantes, con mascarillas o sin ellas. Se pueden hacer planes, visitas, reunirse en torno a una mesa con una cerveza o lo que cada uno guste de beber. O beber la experiencia de la familia y la amistad.
Si hace dos meses nos hubieran dicho que esto era posible no nos lo hubiéramos creído. Ahora es real. Y esta realidad nos da un soplo de aire fresco, de esperanza y de ternura que nos ayuden a sobrellevar otras carencias.
Ahora queda defender ese avance. No hay que relajarse. No todo está hecho.

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