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Yo me quedo en casa 75. Un fino hilo de cordura.



Comentaba el otro día mi sobrino Jose, mientras paseábamos por la tarde, que durante el confinamiento había sufrido un bajón en su ánimo cada tres semanas. Revisé mentalmente mis tiempos y concluí que la frecuencia había sido similar.
Nuestras circunstancias habían sido diferentes, aunque el resultado era parecido. Él está habituado a salir, yo soy más casero, aunque procuraba salir más días que los que me quedaba en casa. Él ha pasado el confinamiento en familia, yo, sólo, aunque no en soledad. Así podríamos ir desgranando factores para ponderarlos y darnos cuenta de que las diversas combinaciones dan como resultado el deterioro mental.
Quizá cuando todo esto acabe intentaremos que esta realidad que hemos vivido se pierda en los laberintos de la memoria y se quede quietecita en lo más profundo, sin dar la plasta. Me gustaría que aquellas sensaciones, hechos o acontecimientos agradables del pasado aplastaran los malos rollos presentes y se impulsaran para saltar hasta primera fila de nuestras mentes. O lo mismo podemos asignar ricos significados a estas semanas malditas. No me gustaría perder las enseñanzas de este tiempo, con lo cual es previsible que tenga que lidiar con lo malo que arrastran. Quien quiera lo bueno tiene que admitir lo negativo.
Lo que me pregunto es cómo no vi venir esos bajones de ánimo hasta que me tenían atenazado. Es probable que se movieran de forma ladina y silenciosa, como en un asalto nocturno a una plaza amurallada. O es que me fui autoengañando hasta que fue demasiado tarde para recuperar el terreno perdido. Algo parecido a como se ha extendido la pandemia. Al final, un virus es más sibilino que los cerebros más avanzados. Seres básicos que fulminan a criaturas que se creen invencibles. Nunca hay que bajar la guardia, aunque también hay que disfrutar. Siempre hay que buscar el punto medio. El de la virtud.
Espero que alcen el confinamiento antes de que vuelva a pagar el tributo de estos ramalazos de depresión.

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