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Yo me quedo en casa 74. Un nuevo mundo.


Coraza romana. Museo de Cádiz.

Mientras me documentaba para escribir mis crónicas de Uzbekistán y Kirguistán leí un interesante libro, The Silk Roads (Las rutas de la seda; hay edición en español), de Peter Frankopan. Al leer el capítulo cuatro, The Road to Revolution (La ruta de la revolución) fui consciente de que una pandemia puso las bases para la recesión de dos poderes enfrentados y la ascensión de un nuevo mundo.
En el año 541 estalló una epidemia de peste bubónica que acabó con una parte de la población del mundo conocido, desde China hasta el confín oeste del imperio romano. En Constantinopla reinaba Justiniano (527-565) que había expandido hacia occidente el imperio de oriente. A esta pandemia le siguió una depresión económica crónica con una fuerte alteración en los hábitos de vida de los vasallos del imperio. También, del imperio persa.
Las luchas entre ambos imperios se sucedieron y fueron debilitando a ambos contendientes. Las poderosas tribus nómadas turcas de Asia Central fueron conscientes de ello e intentaron tomar el relevo de las dos potencias o al menos aprovecharse de la situación. Hacia finales de la década de 580, el general Vahram se rebeló contra su señor, el Sha Khusraw II, y le derrocó. Éste buscó ayuda en Constantinopla a cambio de diversas concesiones. Al final, tras décadas de lucha, ambos imperios acabaron agotados y el ascenso de los árabes fue sencillo. El pueblo estaba harto de tanta inestabilidad. Acogieron el islam como una liberación. Las enseñanzas de Mahoma encontraron mentes fértiles para que creciera su doctrina.
La historia se mueve entre la reiteración y la evolución. A veces esa evolución es un simple cambio de formas, una nueva manera de ejercer la dominación. Los imperios nacen, crecen, entran en recesión y se extinguen. Nacen otros nuevos que siguen las mismas pautas.
La pregunta que debemos hacernos es si ese patrón se repetirá en nuestros días. Se repite la pandemia, que se extiende con unos parámetros diferentes, pero que deja un rastro de recesión económica que habrá que corregir para evitar una nueva crisis dentro de cierto tiempo. Mientras, los ciudadanos ven disminuir su nivel de vida, su seguridad, sus expectativas. Mientras todo ello sea temporal lo asumirán como necesario. Otra cosa será si supone descender un peldaño en sus comodidades. En paralelo a esa decadencia se produce el ascenso de un nuevo poder. Y, previsiblemente, un cambio en el modelo del mundo.
Contaba Frankopan en su libro que Justiniano regó de dinero a los pueblos al otro lado de sus fronteras para evitar conflictos con los mismos, lo que hizo que crecieran en riqueza y, en definitiva, en poder. Un poder que luego se revolvió frente a ellos. Cuando sus sucesores quisieron dejar de pagar esos tributos ya era demasiado tarde.
Los países occidentales han deslocalizado sus industrias para que produzcan en China. El gigante del este ha acumulado liquidez, ha construido buenas infraestructuras, ha ampliado su clase media. Los países occidentales han acumulado deudas, como Estados Unidos o Europa. Antes, producían textil de baja calidad y otras mercancías de bajo valor, pero hoy en día fabrican placas solares, respiradores o vacunas, para poner unos simples ejemplos del avance tecnológico de China. Las carencias en el suministro que han aflorado durante la pandemia se han paliado con compras masivas al vecino del este. China saldrá reforzada de esta crisis. Los perdedores los pueden intuir ustedes.
Podemos seguir ciegos o rectificar nuestros errores. Renovarse o morir.

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