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Yo me quedo en casa 69. Turismo de cercanía.



Hace algún tiempo, un antiguo jefe me preguntó en un cóctel en que coincidimos cuánto tiempo tardaba en escribir uno de mis libros de viajes. Le contesté sin dudar: un año.
En los últimos tiempos he mejorado la forma de escribir mis libros, tanto en cuanto a su técnica literaria (eso espero) como en la labor de investigación y acopio de materiales que sirven para documentar los relatos. Aún así, sigo tardando un año en dar a luz mis proyectos. Sin duda, exigen un periodo de maduración. Redacto una primera versión, la dejo en maceración, la retomo, la amplío con nuevas lecturas relacionadas con el lugar, reviso, modifico y voy alumbrando varias versiones hasta que me canso de corregir. Alterar ese proceso con una mayor velocidad sería como intentar hacer un vino de reserva en tres meses: imposible.
Evidentemente, mientras estoy concentrado en uno de estos proyectos dejo poco espacio para otros, máxime porque mis obligaciones profesionales, la de abogado y la de profesor, me obligan a dedicarles mucho de mi tiempo de máxima calidad. Es verdad que escribo otros trabajos más cortos, pero no me atrevo con otras aspiraciones a más largo plazo, como una novela. Los borradores de mis novelas avanzan muy lánguidamente y quedan para otro momento.
En más de una ocasión me he planteado no escribir sobre uno de esos viajes del verano. Lo he desechado porque me han dejado una impresión tan fuerte que no podía aparcarlos. La otra solución era no realizar un viaje largo. Era demasiada renuncia.
A estas alturas de mayo solía tener trazados mis planes, uno principal y alguno más en la recámara por si surgía algún problema. Este año no he tomado ninguna decisión al ser consciente de que las posibilidades de salir al extranjero más lejano se reducen y que lo más sensato sería quedarme en España o hacer una escapada breve y cercana. Lo primero que debe cumplir ese destino extranjero es que disponga de un sistema sanitario fiable y que las posibilidades de repatriación sean efectivas. Eso reduce el abanico a la Unión Europea y poco más. Siempre, claro está, que se abran las fronteras y nos permitan entrar a los españoles, que ahora mismo, con los italianos, ocupamos plazas de apestados.
Nuevamente la pandemia ofrece una oportunidad: el turismo de cercanía y otoño libre para avanzar en alguna novela. Me gustaría tomar el coche y dejarme llevar por la intuición y visitar algunos de esos rincones de nuestra geografía que aún me son ajenos. O volver a otros míticos que me dejaron un recuerdo indeleble que realmente se ha borrado de mi mente.
Por otra parte, creo que es un año para realizar turismo que ayude a nuestro país. Es un sector esencial de nuestra economía, tanto por su peso en el PIB como por la gran cantidad de gente que emplea. Me han parecido lamentables las declaraciones del ministro del ramo, señor Garzón, que afirma que el turismo es un sector estacional, precario y de bajo valor añadido. También las del ministro de Transportes, señor Ávalos, manifestando que era un sector que había que sacrificar. Sin embargo, cuando nos asumamos a nuestro entorno más inmediato, todos los países han tomado medidas para reactivar el turismo, conscientes de su importancia. Hay que compatibilizar economía con salud.
Lo que no sé es si alguien se apuntará a esos planes o alguien me ofrecerá otros. O si empezaré las novelas en Madrid porque no me voy a ningún sitio, o en la playa, con la familia.

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