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Yo me quedo en casa 64. Camino de mentiras.



…muerde la dura cáscara,
muerde aunque nunca llegues
hasta la celda donde cuaja el futuro.
Claudio Rodríguez.

Me planteo si en mi vida he buscado siempre con ahínco la Verdad, con mayúscula, no la verdad que uno traza para vivir sin demasiados remordimientos de conciencia. Hace un momento pensé que siempre fue ese mi objetivo.
Pero el confinamiento me ha hecho más relativista, no sé si por la abundancia de lecturas, algunas claramente tóxicas y olvidables, o porque aún no he logrado el grado de madurez suficiente para discernir la verdad auténtica de su sucedáneo más pobre y asqueroso. El detonante más inmediato ha sido una lectura de La magia de la niñez, del escritor islandés Gudbergur Bergsson, muy vinculado a España por haber residido en nuestro país e interesarse por nuestro idioma y nuestra literatura. El texto dice así: “Has recorrido el mismo camino de mentiras que la mayoría de la gente recorre a lo largo de su vida hasta llegar a la tumba”.
He preferido ponerme a escribir en vez de meditar sobre esa tajante afirmación y su aplicación a mi vida. Me ha resultado terrible reconocer que mi existencia había sido un camino de mentiras, puestas por mí o por otros, admitidas porque no tenía más remedio para subsistir o aceptadas porque hacían más cómoda mi trayectoria vital.
En estas últimas semanas se ha acrecentado mi sensación de que lo que se nos ofrecía a través de los medios de comunicación social tradicionales o de opiniones ajenas a través de otros medios, era sólo una envoltura, la cáscara, un vestido más o menos lógico del mundo. Una mera apariencia que impedía acceder al núcleo, a la esencia, a la verdad. Internet es el reino de esas percepciones superficiales en forma de tormenta. Una abundancia de materiales informes que alguien manipula para controlar las mentes y hacer con ellas lo que estime pertinente para los intereses de ciertos grupos. Las ideas verdaderas que servirían para el buen camino estaban bajo esa maraña infumable.
Me resisto a ser manipulado para estar al servicio de las mentiras y de sus intereses de banalización, de envidia, ambición y otros pecados. Sin embargo, soy consciente de que no he sido capaz de exiliarme de esa corriente que es el camino de las mentiras. Las apariencias reconfortan a corto plazo, pero son destructivas cuando se filtran por la piel y se asientan en nuestras mentes y nuestros espíritus.
Pero, si tan ajeno soy a poder trazar mi destino en la Verdad, ¿qué me queda hacer? Quizá nada más que pensar y mantener mi intención de rebeldía.

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