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Yo me quedo en casa 56. ...Y salimos (por fin).



El fin de semana me dejó buenas sensaciones. Las sensaciones de los primeros paseos desde que se impuso el confinamiento.
La semana anterior había perdido el equilibrio. El breve caminar con que alargaba mis gestiones para realizar la compra había sido insuficiente. Me daba el sol, me revitalizaba un poco. Pero tenía mono de salir con mayor libertad.
El momento del cambio de tendencia fue el sábado. Aun tuvimos que soportar la frustración del viernes, festivo y alumbrado por un sol brillante. Además, no abundaban las excusas para salir. El sábado me levanté temprano, a las 8.15. Desayuné y salí de casa. Encontré bastante gente, aunque bastante ordenada, paseando, respetando las distancias. Si hubiera caminado por calles secundarias hubiera palpado otra vez la calma. Más o menos la mitad de los transeúntes no llevaban mascarilla, yo entre ellos, lo que suponía una falta de respeto hacia los otros. Me conjuré para comprarlas tan pronto como fuera posible. Ahora estaban disponibles en las farmacias y podían ser más necesarias.
Volví a salir a las ocho de la tarde. Demasiada gente tuvo la misma idea. Por las calles principales me recibieron auténticas aglomeraciones. Puedo entender que las familias que han compartido confinamiento relajen las distancias, no el resto. Los jóvenes habían salido en masa para pasear con sus amigos sin tomar ninguna precaución. Prometí no volver a salir a esa hora.
Los comentarios de mis amigos y de mi familia seguían la misma línea: aglomeraciones y descontrol. En la Gran Vía el caos fue total. La policía tuvo que intervenir para neutralizar treinta botellones. Si esta era la forma de entrar en la fase cero, jamás llegaríamos a la segunda y el Gobierno se vería obligado a declarar el estado de emergencia, más severo que el de alarma, aunque el de alarma que vivimos es más cercano ya al de emergencia.
Me aventuré nuevamente a las 9.30 de la noche del domingo. La temperatura era deliciosa, un ligero frescor acariciaba la piel. Iba en camiseta. Esa ligera brisa en el rostro me recordó la libertad. La calle estaba transitada, aunque sin apreturas. Los grupitos eran pequeños, percibí algunos incumplimientos, nada preocupante. Me sentí rejuvenecido.
El invitado inesperado fue el polen. Soy enormemente alérgico al de los plátanos de indias. Cuando llego a una zona donde están plantados empiezo a estornudar y toser, casi alcanzando un ataque de asma. En las circunstancias actuales te miran como a un apestado, a un contagiador, un ser del que hay que alejarse. Las horas destinadas para los paseos suelen ser las horas más fastidiosas para los alérgicos. A ver si ahora que se puede romper legalmente el confinamiento lo va a jorobar todo el polen y la alergia.
Como diría Julio Iglesias (y otros filósofos) unos que vienen y otros que se van. Regresa la libertad. Se va Ulises, de Joyce. Por fin lo he terminado. Es como si hubiera superado una reválida literaria. Otra pequeña liberación.

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