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Yo me quedo en casa 53. Robo de musas.



El taimado enemigo se hace invisible, se filtra por donde nadie lo espera, se agazapa en los lugares más insospechados y ataca a traición. Lo facilita su tamaño microscópico, el desconocimiento sobre su entidad, sobre sus características, sus tácticas para invadir y permanecer al acecho hasta que es demasiado tarde. Está ahí, se sabe fuerte. Sin embargo, será derrotado.
El virus destruye nuestra forma de vida, altera nuestros hábitos, se lleva nuestras ilusiones, nos deja sin musas. Y no parece que tenga demasiadas intenciones de soltar su presa a corto plazo. Hasta que las salvemos, habrá que acudir a otros estímulos del alma.
Ese ladrón nos ha robado los abrazos, los viajes, las calles animadas con los paseantes, los bares reuniendo en torno sus mesas a las familias y los amigos, los planes sociales, el cine, el teatro, los conciertos, las exposiciones. Nos ha robado nuestra inspiración.
Tardaremos en regresar a la normalidad, en rescatar nuestras musas, a que el miedo no las aleje, a que la vida recupere su sentido y no sea un discurrir insensato de horas y días.
Mientras, nos queda el canto de los pájaros, las conversaciones de una a otra ventana, de uno a otro balcón, a dos metros de distancia en un encuentro aleatorio en la calle, la lectura de un buen libro (del que no te acordabas porque nunca tenías tiempo), la música que te entusiasmó en el pasado, los juegos con los niños, las reflexiones serenas, la cocina sin prisas, la gimnasia en el salón (que nunca creíste que fuera posible), las vídeollamadas y vídeoreuniones con los rostros de amigos y familiares sonrientes, el silencio que se enseñorea en la casa porque ha cesado el tráfico desquiciante, el aire más sano que se cuela por la ventana, las ideas que saltan con fuerza en la mente.
Tiempo de transición. Las musas fueron raptadas. Pero nunca se olvidarán de ti.

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