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Yo me quedo en casa 51. Iniciativa poética.



Mi amiga Carmen me invitó a participar en una iniciativa poética: “estamos empezando un intercambio colectivo, constructivo y esperamos que estimulante”.
En ese momento andaba liado con las últimas correcciones de mi libro sobre Islandia, Una saga islandesa en autocaravana, con lo que le acusé recibo y me comprometí a continuar la cadena. No soy muy de cadenas de mensajes, pero esta iniciativa me gustó desde el principio. Además, eran comprensivos y animaban a no pensar demasiado lo que ibas a mandar. Relájate, venían a decir. Que la responsabilidad no te bloquee.
El reto era mandar un poema (con flexibilidad, que también valía cualquier otro tipo de texto) favorito que te hubiera afectado en tiempos difíciles. Me puse a pensar y no encontré nada en una primera vuelta. Parece que mis tiempos difíciles habían sido benignos y no se asociaban con textos de un especial relieve. Así que me puse a buscar en mi biblioteca.
Me fui a un extremo y saqué las Casidas selectas del poeta andalusí Ibn Zaydún, quizá para impresionar o dar un toque intelectual. Lo deseché por que no hacía al caso. Sin embargo, marqué unos versos muy apropiados al momento: “me consideran injustamente alguien contagioso y peligroso, con quien se debiera evitar cualquier contacto”. El poeta cordobés no se refería al confinamiento o al coronavirus, pero ahí estaban sus palabras. “Todos preguntan por mi estado, si estoy bien o mal”, continuaba más adelante. Sí, mucha gente se interesó por mi estado.
Estuve buscando una antología de Miguel Hernández en la que confiaba encontrar ese poema de los tiempos difíciles. Con lo que había sufrido seguro que alguno me inspiraría. Lo malo es que fui incapaz de encontrarla, algo por otro lado normal ya que últimamente no encuentro ningún libro que deseo o necesito en mi biblioteca.
La buena noticia fue que las estanterías dejaron caer una antología de Rainer María Rilke. Dejé sin concluir su lectura hace años. Moví sus páginas, leí un poco aquí y allá, y fui consciente de que debía consagrarle más tiempo y no salir del paso.
Buscando un lugar donde recolocarlo, visible para que fuera una de mis próximas lecturas, encontré un libro de poemas de Joaquín Sabina: Ciento volando de catorce. Era lo que buscaba: algo profundo y al mismo tiempo divertido, con ese toque canalla que me entusiasma. Probé al azar, barrí un poco las hojas del texto y me decidí por el soneto En pie sigo:
Ni abomino del mundo por sistema
ni invierto en los entuertos que desfago.
El aire que respiro es un problema
que no tienen los muertos. Cara pago

la prórroga forzosa de la vida
con su ya, su enfisema, su albedrío,
sus postres con tufillo a despedida,
sus álamos, su prótesis, su río.

De pie sigo, lo digo sin orgullo
pero con garapullos de cobarde
que todo espera porque nada es suyo:

el sabotaje de las utopías,
la amnistía que llega mal y tarde,
el chantaje de las radiografías.

Muy apropiado para estos tiempos que vivimos en que el mundo se cae a trozos ante nuestra vista cansada por tantos días en casa. Sin embargo, nos queda la vida, con todos sus problemas, sí, también con todos esos elementos positivos que el poema excita en mi mente.
Claro, son poemas de vida.

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