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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 6. Kabukicho: el mundo de los rótulos.



Arturo comentó que quien no tuviera un anuncio o un rótulo en Shinjuku no era nadie. No le faltaba razón. El barrio era una orgía de carteles y neones, la caligrafía japonesa al servicio de la publicidad. Los luminosos sobresalían en las fachadas. No entendíamos la maraña de ideogramas, con lo que nos saturaban menos sus mensajes.
Abundaban en la publicidad los rostros de mujeres jóvenes y cierto mensaje infantil, una estética aniñada, naïf. La masa miraba escasamente a los carteles y rótulos. Para nosotros eran decoración urbana.
El lado este de la estación de Shinjuku era el dedicado al ocio. Kabukicho, nuestra zona, se dejaba invadir por ávidos compradores. Era el barrio que nunca dormía. Era también barrio de prostitución y de juergas.

Regresamos al hotel. La presencia de una reproducción de Godzilla a tamaño gigante en la terraza de la octava planta, asomado enseñando los dientes en actitud feroz, nos daba cierta tranquilidad. ¡Qué mejor forma de estar defendidos! Hasta allí subían los niños para hacerse fotos con él. En el fondo, era un buen chaval y sabía que los críos se deleitaban con su presencia.

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