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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 18. El santuario Meiji.


Un torii, una puerta ritual, marcaba el umbral que separaba lo mundano de lo divino. Al traspasarlo se entraba en la renovación y la redención. Por ello, caminamos hacia él con cierta solemnidad, observando lo que parecía un signo caligráfico, un ideograma, uno de los elementos de la hermosa caligrafía japonesa, un peculiar signo pi asiático. Traspasado ese umbral, se ingresaba en el camino de purificación, en el sando. Ese camino era una ancha avenida del parque, flanqueada de altos árboles. Nos dirigía hacia el santuario que honraba la memoria de uno de los emperadores más importantes de la historia de Japón.
Matsuhito, que ese era el nombre del emperador Meiji, subió al trono a la edad de 15 años, en 1867. Un año más tarde caía el Shogunato y comenzaba la Revolución Meiji que sacó al país de la época feudal y lo lanzó a su occidentalización y modernización. Si en Japón se venera a los muertos, con mayor razón a quien hizo tanto por el país y era de origen divino. Japón debía mucho de su bienestar a este emperador.
El primer signo de esa confluencia de oriente y occidente la observamos en los barriles de sake y las botellas de vino de Borgoña. El sake se utilizaba para fines rituales y era habitual encontrar esos barriles en los accesos a los templos. Sus sacos decorados con vistosos dibujos y caligrafía llamaban la atención del visitante, bien ordenados y agrupados, como formando un mural o un friso.

Al otro lado se encontraban grandes botellas de vino francés, lo que resultaba algo chocante y, desde luego, único entre los templos que visitamos. Eran algunas de las botellas regaladas al emperador, que tenía la costumbre de comer con vino, a la europea, como uno más de los signos de occidentalización.
El emperador murió en 1912. Para muchos marcaba el final de una época. Me impresionó saber que el general Nogi se había suicidado ritualmente en honor a su señor en un gesto de lealtad del pasado. En 1920 se construyó el templo, que contó con la ayuda de cien mil voluntarios. Los más importantes quedaban también honrados con tablillas donde figuraban sus nombres. Los bombardeos de finales de la Segunda Guerra Mundial lo destruyeron y fue reconstruido en 1958.
Traspasado el torii construido con poderosos troncos de árboles centenarios de Taiwán y arropados por los árboles alcanzamos la puerta monumental de este templo sintoísta, el patio rodeado de un claustro y el salón principal, todo caracterizado por la simplicidad de la religión original de Japón.
Los visitantes nos mezclamos con los peregrinos o los simpatizantes de este culto. Era habitual dejar una petición en una tablilla colgada junto a otras muchas, o doblar un papel con una plegaria y anudarlo en unas cuerdas que formaban un hermoso despliegue de alas de papel. O encender unas varitas de incienso y dejarlas en un pebetero después de una oración.
Un sencillo ritual de purificación se repetía constantemente en los templos y santuarios. En la fuente sagrada se lavaban las manos. Tomabas un cazo, lo llenabas de agua, la vertías sobre la mano izquierda, luego sobre la derecha. Después, depositabas un poco de agua en la mano izquierda y la llevabas a la boca. Nuevamente, agua sobre la mano izquierda antes de lavar el cazo.
Ante el altar se depositaba una ofrenda, unas monedas. Se realizaban dos reverencias, se daban dos palmadas y se repetía la reverencia.
Observando el sencillo salón principal y el patio interior imaginé la entrada de los novios en una de las bodas que en este templo se celebraban o la procesión del Hatsu-mode en enero, cuando un numeroso grupo de personas con el tradicional kimono recorría el sando, el camino procesional. Con el Año Nuevo las gentes de la ciudad se aprestaban a visitar el templo para sus primeras oraciones.
No accedimos al campo de lirios que tanto gustaba a los emperadores. Allí se concentraban árboles de todas partes del Japón.

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