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Yo me quedo en casa 43. La brújula.


Objetos expuestos en Al-Andalus y el metal. Museo Arqueológico de Madrid.

En las reformas y traslados siempre desaparecen objetos y aparecen otros que estaban olvidados en algún rincón de un cajón o un armario. Y en esa dinámica, por sorpresa, he encontrado una brújula.
No es que sea gran cosa. El cristal está rajado, aunque la aguja continúa girando con la misma ilusión y marcando los cuatro puntos cardinales con disciplina. Carece de valor, salvo el sentimental, ya que pertenece a mi niñez. No sé cómo llegó a mis manos, pero sí recuerdo que era para mí un objeto mágico. Por eso lo trasladé de una a otra habitación en casa de mis padres y se vino a mi actual hogar cuando me mudé. Después, le perdí el rastro. No la eché de menos.
No he sentido la necesidad de utilizarla durante años. En las ciudades me movía con un plano y en el campo siempre conté con alguien con buen sentido de la orientación. De haber necesitado ese artilugio hubiera tirado de la brújula del móvil.
Si ha aparecido ahora será por algo. Quizá para evaluar mi sanidad mental. Como aún el aislamiento no me ha vuelto loco, entiendo que aún no he perdido el norte y que la brújula de mi cerebro mantiene su servicio. Menos mal, porque lo contrario sería preocupante.
El mundo es el que ha perdido su brújula hace tiempo y está lejos de ponerse en el camino para volver a orientarse. El bombardeo de pensamientos positivos apelando a la sencillez y la solidaridad me parecen un grito de esperanza que cala en mis huesos como en los de muchas otras personas de buena voluntad. Lo que dudo es que reoriente a los ricos y poderosos, que además consideran que su avaricia es un signo mesiánico de un buen hacer para el mundo.
No todos son así, ya que también hay ricos y poderosos de gran corazón, generosos, implicados con algo más que su dinero. Es el corazón al que apela a la brújula sentimental para hacer el bien a la Humanidad. La brújula del bien luchará contra la del mal en un combate épico tan importante como el que suele cerrar las grandes epopeyas.
Si no has conservado la brújula de tu niñez, al menos programa la del móvil para que establezca el norte hacia donde se oriente tu corazón.

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