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Yo me quedo en casa 38. La mística de un pincho de tortilla.



A la vuelta de mis viajes por tierras lejanas tomé la costumbre de buscar un bar y zamparme un pincho de tortilla. Era mi forma de conciliarme con mi hogar.
Esta vez no he regresado de ninguna parte: no se podía ir a ningún sitio. Tampoco hubiera podido encontrar un bar abierto para formalizar mi ritual de regreso. Así que me he puesto manos a la obra y he preparado una suculenta tortilla y he dejado la cocina hecha un cristo. El manjar ha dejado una huella perecedera en la encimera e imperecedera en mi mente y mi espíritu.
Hacía mucho tiempo que no preparaba una tortilla de patata. La tapa que me regalaron para darle la vuelta estaba sin estrenar, estorbando con otros cacharros de cocina. Ahora ha cobrado vida, ha vivido su glorioso bautizo y ha contribuido a un momento de felicidad. Quizá porque el dios de las pequeñas cosas habita en ella, como en la sartén y los ingredientes.
El pincho de tortilla ha obrado el milagro de situarme al regreso de un viaje, de un viaje a ninguna parte, de un viaje imaginario, aunque tan real que noto sus efectos en mi cuerpo y mi alma. El ritual ha obrado el regreso, ha reconstruido el viaje, que es el resumen de todos los viajes soñados, incluso de los realizados, a los que ha adicionado una pasión virtual.
No importa que no recuerde a dónde he ido, cómo ha transcurrido todo, qué enseñanzas ha dejado en mí. Porque lo importante es que ha culminado con la ceremonia del pincho de tortilla.

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