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Yo me quedo en casa 37. Liderazgo (o su ausencia).


Museo del Romanticismo. Madrid.

En la antigüedad, se consideraba que la enfermedad era una consecuencia del pecado. Y quizás no andaban demasiado despistados.
Bajo la pandemia subyace una economía vulnerable, una sociedad nada equitativa, un mundo, en definitiva, afectado por diversos males que se han evidenciado en esta crisis. Y las crisis son momentos para ejecutar esos cambios que eran eternamente aplazados al suponer agitar estructuras con resultados poco previsibles. Para ello, necesitamos liderazgo.
El mundo acusa la ausencia de auténticos hombres de estado que abandonen el cortoplacismo y se impliquen en reformar un mundo global que hace aguas por todas partes. Lo que no funciona hay que cambiarlo, pero las inercias lo impiden. Salvo que el líder convenza a la sociedad de la bondad de esos cambios y se ponga al frente de su ejecución.
Hace años, le preguntaban a un entrenador de fútbol por qué no había realizado cambios en la alineación a pesar de que su equipo lo estaba haciendo francamente mal. Respondió que, al contemplar el banquillo, prefirió mantener a los maulas que trotaban sin sentido por el césped. Algo parecido nos ha ocurrido en política. Los partidos tradicionales han quedado marcados por su gestión y la corrupción, que nos llevó a la crisis de 2008. Hemos tirado de banquillo y los partidos surgidos de esa pequeña y aparente revolución, algunos de ellos de marcado corte populista, han resultado ser más perniciosos para el sistema. Más de uno habrá pensado que mejor malo conocido que bueno por conocer, como dice el refranero. El problema es que así no solucionamos nada.
Observo el mundo empresarial y encuentro grandes líderes tecnológicos, innovadores, revolucionarios de la organización empresarial. Aquí eso de renovarse o morir ha sido claro y, parece, eficaz. Algo similar debería ocurrir en el mundo político. Estamos hartos de que nadie ofrezca nuevas alternativas con un poco de coherencia. Los discursos se repiten en esencia, tan sólo cambian las palabras, los nombres: cambiar para que todo permanezca igual. La perpetuación de unos estamentos, de unas castas, término que ha ganado adeptos por sus implicaciones sonoras.
¿Alguna propuesta de liderazgo entre el público?

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