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Yo me quedo en casa 33. ¡Ole mis niños!


Hacia las cascadas del Purgatorio. Comunidad de Madrid.

En uno de los boletines del Colegio de Abogados se hacía eco de los problemas que el confinamiento podía crear en las personas con alteraciones conductuales. Sus patologías psíquicas se podían agravar con el confinamiento, con la opresiva sensación de encarcelamiento doméstico, sin el apoyo de sus terapeutas.
Otro colectivo preocupante era el de los menores de padres divorciados ante la posibilidad de batallas en torno a los turnos de estancia en el hogar de cada progenitor, las visitas imposibles por la prohibición de desplazamientos y la aplicación de otros acuerdos o imposiciones. El tercer colectivo, no incluido en aquella información pero también preocupante, lo formaban los niños en general. Aplacar las energías de los chavales sin poder recurrir al parque, a la calle o a cualquier tipo de ocio externo, con los padres teletrabajando, podía ser una bomba de relojería que estallara y afectara a menores y adultos.
Sin embargo, Maruja Palanca, psiquiatría infantil y que lo está dando todo en esta crisis, nos mandaba un mensaje de esperanza que ella había querido titular como “ole mis niños”, que me he atrevido a pedirle prestado, como una parte importante de sus meditaciones. Me encanta saber que una persona que está dedicando todo su tiempo a los enfermos disponga aún de una parte para una reflexión tan acertada.
Lo primero que destacaba, en contra de lo que se pudiera imaginar, era que “están viviendo esta rara situación mejor de lo esperado: “sorprendentemente bien” en palabras de muchos padres”. Lo esperado era que se comportaran mal dinamitaron la convivencia, haciéndola insoportable, según se deduce, y se aventuraba desde que se decretó el cierre de colegios y guarderías, casi una semana antes del inicio del estado de alarma. Los padres no sabían qué hacer con sus hijos. El segundo aspecto que destacaba era la enorme caída “en la demanda de atención en salud mental de niños y adolescentes tanto en consultas ambulatorias, como en urgencias o ingresos hospitalarios”.
A continuación, planteaba múltiples interrogantes y cuestionaba cómo es que habían desaparecido todos esos pacientes graves. Y nos ofrecía diversos argumentos sencillos y contundentes: compartir más tiempo juntos y tener una atención de calidad por parte de los padres, una mejor supervisión, mayor esfuerzo para autorregularse y así evitar acudir a un centro sanitario que es un foco de contagio, menores exigencias en la vida diaria y alivio del estrés, y un largo etcétera de alguien que conoce perfectamente la problemática.
Es quizá la simplificación de la vida, de ese mundo tan altamente competitivo, el alejamiento de las fuentes de conflicto o de un bienestar que no se compatibiliza con las necesidades de estos menores y estos jóvenes lo que ha causado que, lejos de explotar, hayan disminuido sus problemas. “Entonces sería ésta –continúa- una situación reparadora para estos niños y adolescentes. Tal vez les estamos dando un respiro, un descanso de exigencias desmedidas”. La amenaza a la vida desplaza a un segundo plano la salud mental.
Esta crisis crea también una oportunidad de extraer enseñanzas, como ella nos explica: “y aprender de esta experiencia. Disfrutar de aquellos niños y adolescentes que no son ni más ni menos que eso, y que ahora tienen esta oportunidad de vivir obligatoriamente con sus padres (y los padres con ellos)”.
Quizá la solución es más sencilla. También más personal y familiar.

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