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Una saga islandesa en autocaravana 148. Reikiavik a nuestros pies.



Subimos al campanario en ascensor. Allí había instalada una pequeña exposición sobre la construcción de la iglesia y sobre Hallgrimur Petrusson, importante clérigo del siglo XVII famoso por los Salmos de la Pasión, una obra religiosa clásica. Durante sus años de seminario en Copenhague le asignaron la educación religiosa de un pequeño grupo que había sido rescatado de los berberiscos que habían atacado el país en 1627 y que fueron capturados como prisioneros. Entre ellos se encontraba una mujer 17 años mayor que él y casada. Iniciaron una relación y ella quedó embarazada. Cuando regresaron a Islandia se confirmó que su marido había muerto y pudieron casarse.

Desde aquella altura se dominaba toda la ciudad, que se prolongaba hacia el horizonte. Había nacido en una península que ofrecía un buen abrigo a los barcos al final de la bahía. Desde el casco viejo se había ido extendiendo por la bahía y hacia las montañas. Desde la Segunda Guerra Mundial su crecimiento fue imparable.
Con la ayuda en un plano era fácil situar las diversas zonas y los edificios más emblemáticos. Hacia el este, los edificios salpicados de árboles se prolongaban hacia las montañas. Todo el entorno abundaba en parques y jardines. Hacia el sur, una extensión aparentemente vacía marcaba el antiguo aeropuerto que había quedado para vuelos nacionales, a islas Feroe y Groenlandia. Al lado, los búnkeres de la Segunda Guerra Mundial y la cúpula del museo Perlan.

Junto al mar, al norte, la estructura de vidrio del Harpa marcaba la cercanía del puerto.
A nuestros pies estaban las calles más comerciales, como Laugavegur o Skolavdirustigur, el museo de escultura de Einar Johnson o la colección de Asgrimur Jonsson. Al frente, el lago Tjornin con el ayuntamiento, el parlamento y la catedral. Al sudoeste, la Nordic House de Alvar Aalto. Brillaban las casas de colores vivos.


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