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Yo me quedo en casa 31. Empanada mental.



Hace algunos días perdí de vista una sudadera de la Universidad de Oxford que me regaló mi sobrino Pepe. Llevaba bastante tiempo sin utilizarla y había pasado a esa categoría de “ropa para estar por casa” en que caen las prendas que dejan de gozar de nuestra predilección. Aunque no estén viejas.
Aparte del valor sentimental, no es un elemento esencial de mi día a día, pero el hecho de que haya desaparecido de una forma inexplicable ha hecho que resucite cierto espíritu de misterios por resolver. Sé que me la quité porque hacía calor en casa, la dejé en cualquier sitio con la idea de repescarla y guardarla posteriormente y luego no conseguí localizarla. Es extraño, ya que desde entonces nadie ha entrado en casa y mi hogar es bastante sencillo. Quizá tenga un poltergeist en casa y no me haya dado cuenta.
Leyendo un artículo sobre cómo superar los deterioros del encierro, en El País, intuyo que la pérdida fantasma de la sudadera se denomina técnicamente hibernación psicológica, aunque en realidad es una empanada mental como otra cualquiera. Profundizando en el artículo llego a la conclusión de que lo llevo bastante bien y que estoy en una línea de actuación bastante correcta, según el texto.
Soy disciplinado, lo que me permite salpicar mis rutinas con un poco de desmadre, de caos, de descarrilamiento de lo programado. Si no hay suficiente trabajo del despacho me pongo con otros proyectos, con esos para los que nunca tengo tiempo y me cuesta rematar. Como un exceso de celo se llevaría por delante mi espalda, dosifico esfuerzos, camino mientras hablo por teléfono, limpio sectores de la casa cuando la mente entra en barrena en su rendimiento.
Procuro no dejarme llevar. Podría abandonarme y esperar, que también lo hago, aunque en forma de audición de esa música que tenía olvidada. He rescatado discos que me encantaban y que no sabía que estaban en cassettes olvidadas en un cajón. Hasta he escuchado a los Bee Gees en cinta, todo un ejercicio de nostalgia. La pletina no se ha atrevido a devorarla, como si ha hecho con las cassettes grabadas por mí de Chicago, Firefall o Jean Luc Ponty, con las que la voracidad de la pletina ha sido total. Menos mal que esos discos los conserva mi hermano Jose y se ha comprometido a grabármelos en CDs.
La empanada mental no se quita, los ojos me pican (parte de la culpa es de la alergia), me desconcentro y vuelvo a buscar la sudadera en los mismos sitios, con idénticos resultados. Me preparo una paella para resintonizar el cerebro.
Por cierto, si alguien ve mi sudadera que avise. Se recompensará.

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