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Yo me quedo en casa 24. Vacaciones virtuales.


Mindil Beach. Darwin. Territorio del Norte. Australia.

Un amigo comentaba este fin de semana, para darnos envidia al resto, que estaba de vacaciones y que había encontrado un ofertón: crucero alrededor de la bañera. Otro se ha animado y ha emprendido una ascensión al cabecero de la cama. En un rato se ha montado un jugoso desmadre que nos ha aliviado de las tensiones. La tirolina en el tendedero de la cocina, la escalada por el patio de luces o la espeleología en el armario han sido muy bien recibidas.
Siempre he pasado una parte de las vacaciones en la playa, así que he puesto On the beach, de Chris Rea, y me he dejado transportar hasta que he empezado a surfear con los Beach Boys (en Surf’s up) acompañado de Surfer girl, Marcella y Caroline no, canciones emblemáticas del grupo californiano.
Procedía de Nueva York, donde he disfrutado de un poco de jazz en alguno de sus clubes y he dado un salto a Chicago, acompañado por el legendario grupo Chicago Transit Authority (los Chicago de toda la vida) con su poderosa sección de viento, he disfrutado un poco de blues (Chicago es la meca de ese estilo) y luego he paseado mentalmente por las dos ciudades de los rascacielos.
Me he trasladado a la frontera con México de la mano de dos canciones con ese título, las de Stephen Stills (uno de los miembros de Crosby Stills & Nash) y la de Firefall (de Rick Roberts), he cambiado el tercio con Santana y la fuerza de su percusión, para adentrarme en el vecino del sur donde esperaba el grupo Maná y unas rancheras de rocío Durcal, para hacer patria (menudo cambio).
Cada una de esas canciones me ha evocado mis viajes, sus paisajes, sus gentes, los amigos con los que he compartido experiencias y anécdotas, he tomado una margarita virtual o un cóctel en algún local de esos que no se olvidan en toda la vida.
Salto al Caribe y las resonancias hispanas me hacen bailar con las guarachas y la salsa de Celia Cruz, de Roberto Torres, de Gloria Estefan, paseo por el Malecón de La Habana, me baño en las playas de Varadero, visito el pasado colonial de catedrales que recuerdan a Andalucía o Extremadura, me dejo acariciar por el acento dulce de su habla. Suenan Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
No me olvido de una bachata de Juan Luis Guerra con el casco antiguo de Santo Domingo de telón de fondo, un merenguito en la noche, un poco de Fonsi Nieto o de Chichí Peralta en Puerto Rico.
La siguiente etapa es Panamá, con Rubén Blades, la ciudad vieja, el callejón de Sal-si-puedes, el canal y los lagos de esa fabulosa obra de ingeniería.
Cartagena de Indias me recibe con un ballenato de Carlos Vives (o de Escalona), sus fortalezas, el recuerdo de la heroicidad de Blas de Lezo, el espíritu de García Márquez, la rumba en chiva (o lo que es lo mismo, irse de juerga en una colorida guagua con orquesta en la parte trasera), saludan con sus melodías plegadizas Shakira, Juanes o Los Bacilos. En la vecina Venezuela espera Carlos Baute.
Más al sur, Chavuca Granda y el entrañable Perú, Machu Pichu, Cusco, Arequipa, los nevados de Huascarán, el cogollo colonial de Lima, los escenarios de las novelas de Brice Echenique o Vargas Llosa, las arenas de Ica y Paracas, las líneas de Nazca, un pisco sour para animar el cotarro y para reponer fuerzas.
Sigo a Chile, con Violeta Parra y Víctor Jara, salto los Andes y me instalo en la sofisticada Buenos Aires con los tangos de Gardel o algo más moderno como Coti o Andrés Calamaro, la Recoleta, Puerto Madero, la Boca, las espectaculares librerías, el café La Viela, las avenidas parisinas, las charlas cargadas de cultura.
Allí está Montevideo, escucho a Jorge Drexler, me baño en las playas de Punta del este y continúo hacia el norte a bailar samba, a escuchar bossa, Caetano Veloso, Antonio Carlos Jobim, Río de Janeiro, el carnaval que parece que nunca termina en este país.
¡Madre mía! Lo que dan de sí unas vacaciones virtuales.

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